Cualquier semejanza con la realidad puede que no sea mera coincidencia

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sábado, julio 4

El viejo, el perro y las camelias

Jacinto acaba de terminar un día más en la fábrica donde trabajaba desde hacía ocho años por un sueldo mínimo. A sus setenta años, no le quedaba otra que aguantarse estar diez horas frente a una línea de producción rezando para que nada salga mal y tenga que intervenir. Jacinto no trabajaba porque quería, hace diez años su esposa Amapola se había muerto luego de una larga batalla contra el cáncer. Además de toda la tristeza y el desgaste físico y psicológico que había cargado consigo, la muerte de su esposa también le había traído un sin fin de deudas por gastos médicos y el servicio fúnebre. Todos sus ahorros de años se habían diluido de un momento a otro, se esfumaron y lo dejaron a Jacinto solo y en la ruina. Pero no era el dinero lo que lo hacía sentirse miserable, tampoco era tener que trabajar a pesar del dolor que sentía en todas sus articulaciones. A Jacinto lo que más le partía el alma era despertar y no tener a su amada consigo, era llegar a casa y no sentir más el aroma a sus comidas, ni escucharla cantar mientras regaba las plantas del jardín. Amapola había sido la única mujer que había amado, tenían dos hermosas hijas pero se hallaban lejos, cada una con su familia, hablando idiomas distintos y sin lugar para un pobre viejo. Jacinto no se quejaba, tampoco había sido un gran padre con Fernanda y Lucía, pero las había amado con toda su capacidad.

     Jacinto era huraño, siempre estaba de mal humor y siempre veía todo de color gris. Para él la vida era una seguidilla de sufrimientos con leves momentos de felicidad. Sin embargo había creído en el amor, lo había sentido al lado de su fallecida esposa. Todos los domingos iba al cementerio a llevarle camelias, sus flores preferidas. Se paraba frente a su tumba y lloraba en silencio durante varios minutos, luego le recitaba un poema de Benedetti, su escritor preferido, y le contaba cómo iban las cosas por la casa, como estaban los vecinos y le decía lo mucho que la extrañaba en su vida. Es que si había un momento en el cual se podía expresar, era ahí, luego de cruzar la puerta del camposanto se volvía frío y amargado.

     Hacía unos años se había comprado un perro labrador, le había puesto Rocinante, en honor al libro que más le había gustado leer en sus años de juventud. Rocinante era su único compañero y amigo, siempre estaba feliz, moviendo la cola de un lado a otro y corriendo por toda la casa. En ese momento la vida de Jacinto se dividía en trabajar, ir al cementerio y pasar tiempo con su fiel camarada. A veces se sentaba a tomar mate y le contaba historias sobre Amapola. Le decía cómo se habían conocido, cómo se las había ingeniado para invitarla a salir y cómo le había dado su primer beso en una fría noche de agosto. Otras veces le cantaba las canciones que ella le cantaba a él y le decía el significado de cada una y la razón por la cual Amapola las cantaba, un tango que sonaba el día que se conocieron, la música que escucharon luego de hacer el amor por primera vez, la canción de su boda; y la más triste de todas, que sonaba cuando ella dijo sus últimas palabras en este mundo. Ese momento en especial lo recordaba casi todas las mañanas cuando miraba al lado vacío de la cama y lloraba en silencio. Amapola lo había mirado a los ojos y le había dicho "prometeme que nunca vas a dejar de cantar, te amo." Luego se dieron un último beso y se recostó en su pecho hasta que luego de un suspiro escuchó como el corazón de su amada dejaba de latir.

     Rocinante le había devuelto la sonrisa a su rostro, le había dado un motivo para seguir adelante. Lo sacaba a pasear seguido por el barrio, le gustaba llevarlo al parque, donde solía dar largas caminatas con su esposa. No lo veía como a un simple perro, era parte de su familia, la única que le iba quedando. A la noche, cuando se sentía más solo, dejaba que su amigo peludo durmiera en la habitación. No se sentía tan solo cuando estaba cerca.

     Se encontraba arribando a su morada cuando notó algo extraño, no sintió los ladridos de Rocinante que siempre lo escuchaba cuando venía a una cuadra de distancia y se alborotaba esperando recibir a su amo con toda la energía del mundo. Pensó que estaría durmiendo o entretenido con alguna mariposa o algún pájaro en el patio. Se adentró a la vivienda gritando su nombre, pero nadie respondía. Caminó hasta el patio y lo buscó bajo todas las plantas que tenía y no lo encontró. Siguió caminando por la casa, a paso lento, pero era lo más rápido que su ancianidad le permitía, y no había rastros del perro. Entró a su habitación preocupado, pensando que se había escapado y allí lo vio. Rocinante estaba acostado sobre su cama, del lado donde dormía Amapola. Parecía profundamente dormido, una masa grande de cabellos dorados con los ojos cerrados. Se acercó y notó que aquello era mucho más que un placentero sueño, aquello era algo imposible de despertar. Su amigo de todos estos años se hallaba ahí, inmóvil, sin respirar, sin reaccionar. 


     Jacinto caminó hasta la cocina, llorando pero sin emitir ningún sonido. Dos finas líneas de lágrimas corrían por los costados de su cara y se perdían entre las arrugas de su cuello. Se sentó en el comedor, mirando a la nada, estuvo así por casi tres horas hasta que la noche se hizo presente. Solo escuchaba el ruido de las agujas del reloj, que le decían que cada segundo que pasaba se había ido para siempre, al igual que sus seres amados. Miró entonces al placard que tenía en frente, se paró y sacó un pequeño frasco que estaba al fondo, atrás de unas copas para vino. Era un envase muy pequeño, hacía años que estaba ahí y nunca había sido utilizado. Jacinto abrió el frasco y se bebió todo su contenido. Volvió caminando a la habitación, se acostó al lado de Rocinante y cerró los ojos. Sus últimas palabras fueron "pronto estaremos todos juntos." Podría jurar que había escuchado el dulce canto de Amapola, acompañada por los ladridos de su fiel amigo. 

domingo, junio 28

Una noche sin importancia

     Me encontraba ahí parado sobre la azotea del edificio. Contemplaba las luces provenientes de otras construcciones que como si fuesen estrellas trataban de adornar aquella noche lluviosa. Hacía exactamente 360 horas, o 15 días, que te había perdido. Me preguntaba si en alguna de esas estrellas a lo lejos estaría otra alma solitaria como yo. 

     El agua fría caía sobre mi cabeza y recorría mi espalda por debajo de la remera, estaba temblando pero no me importaba. Necesitaba algo que me hiciera sentir vivo otra vez, algo que me hiciera sentir cualquier cosa que no fuese vacío. 

     Es que en ese momento cualquier sentimiento se volvía tentador, dado que era incapaz de sentir nada más que tu ausencia. Era desesperante tener un agujero en el centro del cuerpo, justo donde hubiese estado el corazón. Ahí ya no se sentía nada, juraría que ni siquiera latidos. 

     Estaba entumecido, como en pausa, no sentía que el tiempo avanzara pero aún así sabía que hacía dos semanas aún podía sentir cosas y ahora ya no. 

     A veces buscaba torturarme imaginándote feliz con otra persona, imaginando como sonreías en brazos de otro, por el simple hecho de que eso me generaría dolor y me haría recordar que seguía vivo. Es morboso, lo se, pero cualquier cosa que me hiciera salir del letargo me servía de ayuda.

     A mis pies la ciudad seguía su curso, a nadie parecía importarle mi patética situación. Nadie miraba hacia arriba a contemplar mi espectáculo. Todas las parejas que caminaban sobre la acera me daban asco, me revolvían el estómago. Pero en el fondo deseaba estar en su lugar, estar caliente entre tus brazos y no allí parado, congelándome con la lluvia.

     ¿Dónde estarías tu ahora? ¿Estarías en alguna fiesta coqueteando con alguien más? ¿Estarías en tu casa llorando y en un estado parecido al mío? ¿Estarías con alguna amiga odiándome? Ya no entendía nada. No sabía como había logrado convertirme en ese monstruo que había roto tu corazón. Porque si de algo soy culpable es de no haber hecho nada para evitarlo.

     ¿Estaría viviendo mi propio karma? ¿Acaso la vida toma venganza haciéndote sentir miserable? ¿De eso se trata todo? Mi cabeza se sentía pesada, mis manos temblaban, mi estomago se retorcía sobre si mismo, pero mi pecho se negaba a sentir algo. 

     La lluvia comenzaba a parar y las nubes se movían dejando ver en el horizonte los primeros rayos de Sol de la mañana. Decidí entonces volver a mi habitación, ya encontraría alguna otra distracción luego. Ya volvería a sentir algo algún día, pero no sería allí sobre la terraza, ni mucho menos aquella noche. 


jueves, junio 25

Pasa, todo pasa.

—¿Sabés una cosa? —me dijo el viejo mientras revolvía su café.— Todo pasa, la vida pasa, el dolor pasa, incluso el amor a veces pasa. 

***

     Empecé a recordar entonces el primer momento en el que nos vimos, en medio de tantas luces. Ella estaba contra una barra, llevaba puesto un abrigo violeta y me miraba tímidamente mientras tomaba agua mineral, si, estaba tomando agua mineral en un pub. Podría jurar que todo se detuvo allí y que de pronto todos los clichés tuvieron sentido para mí. Creo que la vida te da una especie de guiño cuando alguien va a ser muy importante en tu vida, pero es cruel y no te deja saber cuando ni de que manera, te deja con la sensación de que algo va a pasar y te hace sufrir con la espera.

     Entendí en ese momento que el magnetismo y la química entre las personas es algo muy real, nunca me había pasado de tener tanta facilidad con alguien. Era como si la conociera de toda la vida, como si pudiese contarle todo lo que pensaba y supiese que todo iba a estar bien. 

    Me acuerdo la primera vez que fuimos a la playa, ella me invitó luego de que le dijera que hacía mucho tiempo que no veía el mar. Estábamos los dos sentados en la arena, sin hablar, mirándonos, luego mirando al agua. A ella le gustaban los libros de Tolkien, pero me dijo que quería leer más a Fitzgerald. Le había aburrido Coelho y aún no conocía lo que escribía yo. Me encontraba por primera vez en mucho tiempo lejos de casa, del caos y de los problemas. Me había olvidado por unas horas de la soledad y la tristeza. Me encontraba ahí, ante una mujer que hace poco era una extraña, contemplando el paisaje y deseando no volver nunca. Siempre me pregunté que habrá pensado ella. 

     Le gustaban los musicales, el rock y hasta el country, era libre e independiente y eso me fascinaba. Soñábamos con ir juntos a Nueva York, comer pizza y tomar cerveza. Era capaz de convertir en simple hasta el más grande de mis problemas, le daba un sentido a todo y hacía que lo malo se desvaneciera. 

     Conocí sus abrazos en una noche fría, cuando se quedó dormida sobre mí en la vereda de un bar, estábamos los dos sentados, creo que fue ahí que me di cuenta que me estaba enamorando de ella.

     Otro día, mirando una película, sentí ganas de agarrarle la mano, poco tiempo después me confesó que ella también pensó lo mismo.

     Sus besos los conocí en otra noche fría, cuando le dije que me encantaba todo de ella.  

     Un día, sin previo aviso, me confesó que me amaba, era la primera vez que amaba a alguien. Yo también la amaba, recuerdo la timidez con la que me lo dijo, era algo nuevo para ella. 

     Me prometí a mi mismo que nunca la lastimaría, y que tampoco la iba a defraudar. Me prometí que haría hasta lo imposible para estar siempre juntos. Me encantaba verla reír, me encantaba como besaba, como me abrazaba y lo bien que me sentía al verla feliz. 

     No se como ni cuando me empecé a olvidar de las promesas. No se en que momento la lastimé con mi forma de ser. No se porqué discutimos la primera vez, ni tampoco la segunda. No recuerdo el motivo de sus lágrimas. Todo sucedió rápido. 

     En algún lugar del camino la cama comenzó a sentirse más fría, como si no hubiese nadie más allí. En algún momento miré hacia otro lado y pensé en correr en vez de quedarme. 

     Lo que si recuerdo es el dolor que sentí al ver que le estaba rompiendo el corazón en mil pedazos. El mío sufría por igual. Me acuerdo de su rostro, inexpresivo e incrédulo al decirle que no me sentía bien con nada. Me acuerdo como ignoré a la voz que me decía que iba a cometer el error más grande de mi vida. Me acuerdo como me paré y me fui. Me acuerdo del frío que hacía que mis huesos dolieran. 

     El tiempo se detuvo ahí, pero yo no me di cuenta. Todo pasó de ser una película a convertirse en una foto a blanco y negro. Estática, sin vida, sin sonido. El frío nunca se fue, ni tampoco amaneció, todo es noche y todo es ella, su imagen, su recuerdo. Yo me fui y ya no puedo volver, me quedé atrapado en una especie de limbo, una especie de mundo cruel y patético. 

 ***

     El viejo me estaba mirando fijamente. Me conocía tanto que sabía exactamente en lo que pensaba.

—¿Pero cuánto tarda en pasar todo? ¿Cuándo va a dejar de doler? —le dije.
—Todo pasa, menos los recuerdos. Los recuerdos quedan para siempre. En algún momento dejan de doler y empezás a sonreír. No se cuando, nadie lo sabe. Pero... ¿Vos estás seguro qué diste lo mejor de vos, pibe? ¿Estás seguro que es el final?

***


Pasa, todo pasa, pero los recuerdos siempre van a estar.

viernes, junio 19

Flaca II

¿Flaca, te acordás de aquella esquina? Si, la que tiene un escalón, donde nos sentábamos a soñar. La que está a la vuelta de donde vendiste tu alma y yo creí en hadas. Era una esquina especial, cerca del fin de mi mundo y del comienzo del tuyo. Estaba próximo también de aquel lugar donde casi fue nuestro primer beso, donde el tiempo me hizo una mala jugada, donde luego tuve mi revancha. También allí, no tan lejos, estaba la cima de nuestro mundo, donde pudimos contemplar al resto de la gente y prometimos que no seríamos como ellos. En esa esquina compartimos historias, nos contamos nuestra vida y nuestros secretos. Allí mismo nos besamos infinitas veces y otras lloramos.

¿Flaca, alguna vez volviste a pasar por allí? Yo pasé ayer a la tarde y nos vi sentados. Estábamos con ojos brillosos, mirándonos, como si nada más existiera. Estábamos tan jóvenes e ingenuos que no notamos que todo alrededor de desmoronaba. Traté de gritarnos pero ninguno escuchó.
 
¿Flaca, te acordás del café? Me acuerdo el café que hacías, fuerte y amargo. Me acuerdo que nunca bebimos un café en esa esquina y tal vez eso es lo que nos falta. Ya escribí tantas veces, estoy cansado y aturdido, quiero irme a dormir Flaca. ¿Vendrías a dormir conmigo? Siento que mis palabras se pierden en el viento a veces, siento que la soledad no es tan buena como pensaba pero que la necesito. El café de a uno sabe distinto, se siente vacío y no es especial. 

¿Flaca, me perdonarías la vida? Yo soy así, una especie de tiro al aire, sin rumbo fijo. Soy cambiante, me gusta el frío, pero también me gustan tus ojos y tu sonrisa. ¿Por qué desperdicié de apreciarte tantas veces? A veces hago garabatos con forma de tu cara en mis libros y los miro fijo, imaginando que me sonreís. Otras veces te dibujo en las ventanas empañadas, y también trato de buscarte entre nubes. 

¿Flaca, estás ahí? ¿Estás en algún lado? ¿Ya te fuiste? Yo estoy acá, pasando seguido por aquella esquina mágica, esperando que tal vez sea todo un sueño.

Nos vemos, Flaca.  


martes, junio 16

Muchachita extranjera

Muchachita de afuera,
sos casi una extranjera
con tus palabras raras
y tu peculiar manera.
Me pregunto a donde irás tan arreglada
y si hay alguien que te espera.

Pequeña de tierras lejanas,
hermosa a tu manera.
¿Sabías en el fondo todo lo que me generas?

Ojos grandes y brillantes,
cabello oscuro y muy largo.
Todo suena a cliché pero
me sacaste de mi letargo.

Me gusta como caminas,
me gusta como bailas,
me gusta como miras.
¿Te gustará a tí mi mirada?

Muchachita risueña
me enredo en mis palabras.
Hay un largo camino que lleva tu casa.
Si algún día decido partir,
me esperarás tan arreglada?

lunes, junio 15

Había una vez amor

Había una vez amor 
y lo matamos, lo maté.

Había una vez una pareja bajo el Sol
y se los llevó la tormenta.

Había una vez un pájaro
y decidió no volar más.

Había una vez consuelo
y le ganó la angustia.

Había una vez miradas
pero nos volvimos ciegos.

Había una vez abrazos
pero ya no significaban nada.

Había una vez pasión
pero apareció el frío.

Había una vez risas
y se volvieron llantos. 

Había una vez confianza
pero nos enmudecimos.

Había una vez cariño
y se convirtió en odio.

Había una vez un sueño
y desperté.

Había una vez amor
pero ya no hay más.

viernes, junio 5

Historias: La muerte, la ambulancia y el frío - Parte I

     Todavía recuerdo el día en el cual la vida se nos fue de las manos, no es que nunca hubiésemos presenciado una muerte, pero era la primera vez que sucedía bajo nuestra responsabilidad.

     Fue durante nuestra primer semana en la residencia de cirugía, nos tocaba en el hospital más grande de la ciudad, era un sueño hecho realidad. 

     Ella, Lucía, había sido mi compañera durante casi todo el internado y fue una especie de suerte terminar juntos en la residencia. Recuerdo sus ojos verdes, grandes y brillantes mirándome en la sala de operaciones, era como si me hablara con su mirada, yo la entendía y ella me entendía a mí. Pocas veces podíamos entrar juntos a las cirugías, pero cuando sucedía, todo parecía más fácil, todo pasaba con cierta naturalidad.

     Ese día en especial, tuvimos a una paciente que había ingresado por lo que parecía ser un cuadro estomacal con vómitos. Sin embargo, al consultar con el médico de guardia pudimos constatar que esa mujer estaba teniendo un infarto y necesitaba una cirugía urgente. 

     Fue en el instante en el que el cirujano, al que estábamos asistiendo, constató que había una ruptura en una pared ventricular cuando sentimos que la arena se nos escapaba entre los dedos. A pesar de todos los esfuerzos que hicimos no pudimos salvarla. El sonido del monitor, largo, incesante, eterno, retumbaba en nuestros tímpanos y luego de apagarlo y declarar la muerte, el silencio se adueñó del quirófano, nadie se atrevió a decir nada más. Me miré las manos, mis guantes blancos estaban empapados en sangre, parte de mi ropa también estaba cubierta por ese líquido escarlata. A un costado la paciente que hacía unos minutos estaba sentada, hablando, en la puerta de emergencia, yacía inerte, inexpresiva y pálida. Sentí un enorme vacío por dentro, era la primera vez que se moría alguien en una cirugía a la cual estaba asistiendo. Lucía me miró con sus ojos, ahora llorosos, y supe que no estaba bien. A pesar de tener la mitad de su rostro cubierta por el tapabocas, sabía que estaba haciendo esa mueca que siempre pone cuando siente dolor.

     Era invierno y a pesar del frío congelante, nos encontrábamos los dos parados contra una ambulancia estacionada en el patio del hospital. Estábamos sin abrigo, solo usando nuestros uniformes color azul oscuro y la túnica blanca por encima. Su cabello largo, muy largo y negro como el carbón se movía suavemente con el viento, su rostro era inexpresivo y solo miraba al piso. Ninguno decía una palabra, sentíamos que podríamos haber hecho más, pero la realidad era distinta. No se si a todo el mundo le pesa así esa primer muerte, pero para nosotros eso era una especie de funeral. 

—¿No sentís frío? —dije, tratando de cortar el silencio.

—No, estoy bien —respondió Lucía, sin mirarme.

     La volví a mirar y sentí que tenía que decirle algo más, no soportaba verla así. Ella me importaba mucho, era una gran amiga, éramos un equipo y tenía que hacerla sentir mejor.

—Lo que pasó hace un rato... Digo, hicimos todo lo que pudimos, no te sientas culpable —le dije.

—Si, lo se. Pero... ¿Por qué se siente tan feo? —dijo con la voz temblorosa.

—No lo se, creo que es porque es la primera vez que se nos muere alguien.


     Lucía había comenzado a llorar, me sentí un poco torpe porque no sabía exactamente que hacer. Estiré mi brazo y lo pase por su espalda, tratando de calmarla. Ella se me acercó y apretó su cara contra mi pecho, llorando cada vez más fuerte. Comencé a acariciarle la cabeza y el pelo, tratando de calmarla. Levantó su cabeza, era un poco más baja que yo, y me miró a los ojos, estaba muy cerca de mi cara. Nos quedamos mirando por unos segundos que parecieron minutos. Sus ojos grandes y verdes estaban ahora más cerca que nunca, podía sentir su respiración haciéndose más fuerte. De un instante a otro nuestros labios se juntaron, sin previo aviso. Nos estábamos besando, allí, contra una ambulancia en el patio del hospital, en una fría noche de julio. Sentía sus labios tibios y su rostro húmedo por las lágrimas. Acariciaba su pelo con una mano y con la otra la agarraba de la cintura. Era como si ese beso hubiese estado guardado durante mucho tiempo, esperando la oportunidad de salir. Luego de tantas noches juntos, de tantos momentos tensos en aquel internado que parecía interminable, luego de discusiones, peleas y acercamientos, y de finalmente compartir esa felicidad absoluta e indescriptible el día que nos recibimos de médicos, estábamos cruzando la línea que separa una simple amistad de algo más. No se exactamente cuanto tiempo estuvimos así. Nos quedamos mirando otro rato más y ella ya no lloraba, me miraba seria, como si quisiera decir algo. Ninguno habló, ella titubeó pero fuimos interrumpidos por el sonido de las sirenas de otra ambulancia que estaba ingresando. Nos fuimos corriendo hasta la entrada de emergencias a esperarla.  

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