Cualquier semejanza con la realidad puede que no sea mera coincidencia

lunes, noviembre 7

Fantasma

Dios donde nunca quise serlo.
Amante en tiempos de guerra.
Enemigo de mi propia alma.
Frases sueltas que revolotean por ahí.
Tus manos que ya no existen.
Olvido que nunca llega.
Presencia que nunca termina.
Héroe y a la vez villano de tu trama.
¿Qué estoy esperando?
Café amargo, café endulzado.
Miel de tus besos, un tanto adictiva.
Fantasma de tus ojos aparece en cada esquina.
Vuelvo a ver y ya no estás.
Locura placentera, locura en fin. 
Musa irreemplazable, maldita.
Plasmados en papel mis deseos de verte.
Mientras el vaso siga lleno, seguiré siendo inmortal.
Mientras no mire a tu cielo, seguiré sin colapsar.

jueves, septiembre 15

Instrucciones para el ser humano moderno

Cerrar Facebook.
Volver a abrir Facebook.
Empezar a escribir un libro.
Amar como escribís.
Odiar como escribís.
Dejar de escribir un libro y empezar a odiarte a ti mismo.
Cerrar Facebook otra vez.
Emborracharte.
No tomar más alcohol.
Dormir poco.
Dormir mucho.
Hacer más ejercicio.
No hacer ejercicio.
Buscar pornografía bizarra.
Odiarte un poco más.
Hacer el mínimo ejercicio como para no sentirte un inútil.
Buscar una excusa para no hacer ejercicio.
Volver a encontrar una razón para hacer ejercicio.
Amar.
No querer amar.
Dormir más.
Despertar.
No dormir nada.
Hacer una lista de tareas.
Hacer una tarea de esa lista.
Romper la lista.
Viajar.
Volver.
Hablar del viaje.
Odiar el viaje.
Odiar el lugar al que volviste.
Desear viajar de nuevo.
Buscar una pelea.
Terminar una pelea.
No querer pelear.
Tener sexo.
Odiar el sexo.
Descargarte en un grupo de whatsapp.
Odiarte por descargarte en whatsapp.
Desinstalar whatsapp.
Volver a instalarlo.
Volví a abrir Facebook?
Buscar un cambio.
No querer cambiar más.
Querer ser feliz.
Mirar una película sobre buscar la felicidad.
Rezar.
Ser ateo.
Creer en otros dioses.
Mirar una serie.
Leer un libro de autoayuda.
Dejar el libro por la mitad.
Escribir un post en Facebook sobre como superarse día a día.
Emborracharse mirando como caen los “likes”.
Despertar con resaca.
Dormir un poco más.
Renunciar al trabajo.
Encontrar trabajo nuevo.
Renunciar otra vez.
Pensar en vivir de otra cosa.
Empezar a escribir un blog.
Dejar de escribir por meses.
Volver a escribir.
Cerrar Facebook otra vez.
Intentar suicidarte.
Darte cuenta que no querías hacerlo y parar.
Abrir Facebook una vez más.
Repetir. 

domingo, marzo 27

A las cuatro

A las cuatro de la mañana el whisky me hace invencible
y el cigarrillo no me mata.
Es cuando odio a mis musas,
porque nunca te llaman.

A las cuatro de la mañana yo busco tus brazos
y tu aún no me amas.
Deseo servirme otro vaso,
ya no existen las hadas.

A las cuatro de la mañana otras ocupan tu lugar
en ese eterno desfile que no te logra reemplazar.
Es un enorme vacío existencial
sólo en mis cuentos te puedo encontrar.

A las cuatro de la mañana debería ir a soñar
antes de que el Sol salga y ya no pueda despertar.
Entre distintos abrazos no te
logro olvidar.

Domingos (Fragmento)


     Los domingos eran días de café tardío, dónde no sonaban alarmas. Solían ser días donde no faltaba el calor, donde salir de la cama era todo un reto para ambos. Era el día donde ninguno andaba vestido, donde las duchas eran de a dos y los besos sobraban. El domingo solía ser el día más esperado de toda la semana.
     Desperté aquel domingo más temprano que de costumbre, tomé mi café, negro como sus ojos, mientras fumaba uno de los cigarrillos que había dejado antes de irse. Era el primer domingo en mucho tiempo en el cual estaba todo tan silencioso. Me sentía vacío y con cada calada intentaba llenarlo con humo para volver a sentirme completo, sin embargo era inútil. Divagué un rato en mi cuaderno de anotaciones, dibujé su cara con sus mejillas rosadas y sus labios finos e inexpresivos.
     Caminé hasta mi habitación y contemplé nuestra cama por un rato, a pesar de tenerla toda para mí no había podido ocupar su plaza que seguía ordenada, como esperándola. Observé en silencio todo a mi alrededor, sus fotos ya no estaban, me había encargado de tirarlas porque no quería volver a ver su rostro, era irónico pues siempre hacía bosquejos de su sonrisa en cualquier trozo de papel que estuviese a mi alcance. Me senté sobre mi lado de la cama y tomé la guitarra que yacía al lado de la mesa de luz, la afiné cuidadosamente y comencé a tocar "Two Of Us" de The Beatles, muy suavemente iba entonando la letra «You and I have memories longer that the road that stretches out ahead...» decía mientras pensaba que en realidad el camino ya se había terminado y que en aquel momento todo eran recuerdos. Recordé entonces la última sonrisa que me había regalado, el último abrazo bajo la lluvia, el último beso, la última vez que hicimos el amor sobre aquella cama y la última pelea donde dijo que era suficiente. 
     Era domingo y todo era distinto, ya había terminado la cajilla que había dejado y mi pecho aún se sentía vacío. Fui hasta el baño, mientras de fondo sonaba un viejo vinilo de Led Zeppelin, me lavé la cara y observé mi reflejo en el espejo. Me puse una chaqueta, agarré mi morral y salí a la calle, afuera el Sol dominical irradiaba con fuerza y hacía que aquella mañana otoñal no fuese tan cruel. Caminé hasta la estación de trenes más cercana y me tomé el primero que apareció sin saber hacia donde me llevaría. 
     Me moví por los distintos vagones, estaban casi todos vacíos, la única gente que veía eran parejas de ancianos que probablemente vendrían de alguna misa en la iglesia Matriz. Llegué al último vagón donde solamente estaba sentada una chica rubia que leía un libro de Cortazar, pasé a su lado y continué hasta un asiento más al fondo. El tren se movía entre colinas de un lado y playa al otro, había subido a la línea costera que iba hasta una ciudad cercana a la capital. Abrí mi morral y tomé mi cuaderno, comencé a dibujar su rostro una vez más mientras pensaba en toda mi vida. Por primera vez en mucho tiempo estaba solo, por primera vez no me estaba agarrando la mano en el tren mientras miraba por la ventana. A pesar de que el vacío era enorme y seguía allí en mi interior, no me sentía mal, pensé en todas esas veces en las cuales sentí que moriría antes de conocerla, y como, casi sin avisar, apareció en mi vida. Me puse a pensar en cuantas veces pensé que era el fin cuando en realidad solo era el comienzo. Allí, en aquel tren, en aquella mañana de domingo, me di cuenta que todo seguía en marcha y que a pesar que aún seguiría dibujando su sonrisa en trozos de papel, tocando canciones "nuestras" en la soledad de mi habitación o sintiéndome vacío mientras fumo, aquello solo era el comienzo de algo más. Sonreí. 

jueves, febrero 4

Las hélices

     El sonido del ventilador hacía que dormir la siesta en verano fuese algo más placentero, el ruido de las aspas girando hacían que entrara en una especie de trance. A veces imaginaba que estaba volando en un helicóptero, mirando toda la ciudad desde lo más alto.

     El sonido de las hélices no era nada comparado a lo que imaginaba, no era placentero ni tampoco me invitaba a dormir, era ensordecedor y el ruido de las explosiones a lo lejos hacía que me sintiera más tenso. Hacían alrededor de cincuenta grados en aquella nave y éramos un grupo de treinta hombres sentados en el suelo metálico. Llevaba puesto aproximadamente veinte kilos de ropa encima, sin contar el arma y las municiones. No sabía exactamente donde estaba, hacia afuera solo se veía arena y más arena, perdiéndose en el horizonte, junto con el humo negro que parecía provenir de mil chimeneas distintas, pero en realidad era producto de los bombardeos. De vez en cuando el helicóptero se tambaleaba, porque las bombas caían demasiado cerca. 
     
     No había elegido ir a esa guerra, estaba ahí representando a un país que apenas supera los tres millones de habitantes, en una guerra que no nos correspondía. Hacía dos meses habíamos sufrido un atentado en pleno centro de la ciudad, un ómnibus explotó en frente al edificio de gobierno y cientos de personas murieron, desde ahí nuestro ejército se sumó a la guerra contra un enemigo fantasma que parecía estar en todos lados. Habían frentes de batalla en el desierto al norte de África, en el siempre conflictivo Medio Oriente y ya estaban comenzando a haber enfrentamientos en Europa, al menos eso decía nuestro General. Nunca nos habían preparado para tanta crudeza, nunca nos habían dicho todo lo que íbamos a sufrir.

     El líder de mi misión era un yanqui de piel oscura, que hablaba un muy mal español, mezclado con palabras en inglés, yo era el único de mi nacionalidad en ese equipo.  «Atacarremos a estous hijous de putah con todou. ¡Let's kill some motherfuckers!» gritaba, mientras daba explicaciones de como sería el ataque a un grupo de rebeldes que había tomado un pequeño poblado. Yo jamás había matado a un ser humano en mi vida y me encontraba allí frente a una persona de otro país que me pedía que no tuviese piedad en ningún momento. 

     Primero vi una luz, luego escuché un sonido tan fuerte que me hizo doler no solo los oídos, sino que el cuerpo entero. Nos habían dado con un misil justo en el rotor de las las hélices cuando estábamos comenzando a descender. Me sujeté fuerte al asiento mientras el vehículo comenzaba a girar rápido sobre el aire. Pensé que ese era mi final, sin dar un solo disparo iba a morir a miles de kilómetros de casa, sin haber pisado nunca el suelo del desierto. Comencé a rezar, recé tanto como pude y luego sentí como mi mundo colapsaba, como si fuese un terremoto. Escuchaba el ruido de chapas retorciéndose y luego ya no escuchaba nada. Abrí los ojos, sentí calor, pero no era el calor del desierto, era como si me hubiesen tirado sobre el mismísimo Sol. Miré a mi alrededor y estaba tirado en el piso del helicóptero, la cabina del piloto ardía en llamas y podía ver su cuerpo casi carbonizado moviéndose como un epiléptico, ya no había nada que pudiese hacer. A mi costado yacía un canadiense que hace unos minutos me había contado sobre su novia mexicana que esperaba su retorno, estaba embarazada, me decía cuanto anhelaba poder abrazar a su futuro hijo. Traté de moverlo pero no respondía, miré hacia abajo y me horroricé, donde antes estaban sus piernas ahora solo habían un montón de huesos y carne, sobre un gran charco de sangre.

     Salí del helicóptero antes de que explotara, corrí lo más que pude y me encontré con los de mi grupo que habían escapado un poco antes que yo. «Pensé que estabas muerrtou» dijo el yanqui, y agregó «Nueva orden, matemos todo lo que se mueva. Kill them all», luego de dar la orden comenzamos a movernos hacia el pueblo. En medio de la estampida comenzó la lluvia de disparos, no podía ver de donde provenían, pero escuchaba las detonaciones y los gritos de mis compañeros mientras caían heridos al suelo. 

     "Hijos te puta, los voy a matar", pensé, por primera vez en mi vida el instinto asesino afloraba, ese deseo de sobrevivir comenzaba a arder lentamente en mi interior. Me invadió la adrenalina, ya no sentía calor, ya no me importaban los gritos, solo quería sobrevivir y volver a casa. Levanté mi arma y tal como me habían ordenado comencé a disparar buscando matar a todo lo que se moviera. Disparaba a pequeños bultos que se movían en la distancia, escuchaba sus gritos e insultos en distintos idiomas. Siempre imaginé que me pondrían allí a matar árabes, pero escuchaba palabras en todos los idiomas, incluso en mi español natal. Era una guerra cuyos bandos ya no tenían nacionalidad, éramos humanos contra humanos separados por ideologías, títeres de los que tenían el poder. Éramos peones en un gran juego de ajedrez. 

     Luego de mi primer disparo, donde vi como los sesos de una persona salían volando de su bóveda craneana todo se volvió automático, con cada jalada al gatillo no solo se iba una bala, también se iba parte de mi humanidad. Corría entre las áridas calles de aquel pueblo, esquivando escombros de lo que alguna vez fueron casas. No tenía idea de como íbamos a volver, las comunicaciones en la radio se escuchaban en inglés y la calidad era pésima. Por lo poco que pude entender nos irían a buscar, pero no sabía exactamente cuando.

     No sentí dolor, incluso pude caminar unos pasos antes de caer al suelo. El proyectil me había atravesado la pierna, a la altura del muslo. Caí y vi como detrás de una ventana se asomaba mi atacante, cubierto en ropa oscura, me estaba apuntando. Sin dudarlo le disparé desde el piso, dándole en medio del pecho. Miré a mi pierna y el sangrado no era tan intenso como esperaba, supuse que habría atravesado sin tocar alguna arteria o vena importante. Me puse de pie y lo sentí, era como si un cuchillo me desgarrara desde el muslo hasta la nuca, grité, grité como nunca. Intenté caminar, jadeando, hacia la casa desde donde me habían disparado.
 
     Comencé a llorar al verlo, traté de justificarme diciendo que era un momento de vida o muerte, matar o morir, él o yo. Pensé en mi madre que me esperaba en casa, y en Caro que había dicho que si volvía entero iba a aceptar que la llevara a tomar mates a la rambla. Pensé en toda mi vida, en mis amigos, en mi perro Sultán, y en todo mi mundo que había quedado atrás, cuando aún conservaba lo humano, cuando aún no había asesinado a alguien. Pero ahora todo eso ya no importaba tanto, ahora me encontraba a miles de kilómetros de casa, parado frente al cuerpo de un joven que tendría alrededor de quince años y le había volado el pecho. Tenía parte del rostro cubierta de sangre, era blanco y no pardo como me habían dicho que eran todos los terroristas.


     Me senté a su lado, tuve ganas de vomitar pero me contuve. Me pregunté si su madre también estaría esperando que volviera, o si sabría siquiera donde estaba. Me pregunté si tendría una Caro que lo estuviese esperando para salir, o en como se llamaría su perro. Allí, en donde era el fin de mi mundo, en donde era el comienzo de otro, allí, en aquel lugar donde había extinguido mi humanidad me puse a pensar en que todo carecía de sentido y sin embargo allí estábamos, matándonos. Saqué un cigarrillo que había escondido en un bolsillo y comencé a fumar, afuera los disparos y las explosiones continuaron. Allí sin saberlo se murió una parte de mí. 

lunes, noviembre 16

Etiopía

     «Perdón, pero quieren que vaciemos la casa este fin de semana. El comprador parece decidido a mudarse.» Me decía desde el otro lado de la línea. Recordé entonces la última vez que la vi, hacían ya cinco años de eso. 

     Juana me miraba, con sus ojos color café y su amplia sonrisa, estaba tan hermosa, tan adorable, que nunca imaginé que palabras tan hirientes pudieran salir de sus labios. Me confesó que se sentía estancada en su vida y que quería probar nuevos horizontes. Yo por dentro pensaba que si quería algo nuevo podría cambiar la marca del dulce de leche, o saltar de un paracaídas, porque nada de lo que decía tenía sentido. Siempre sospeché que había conocido a alguien más, pero nunca lo pude confirmar. Habíamos regresado de un viaje juntos, a París, y todo parecía en orden, pero era algo falso, la relación se desmoronó de un momento a otro. Recuerdo verla marchándose de aquel bar, caminando hacia un taxi, su pelo negro como una noche sin luna, que le llegaba por los hombros, ondeaba con el viento. Era una escena tan cliché que por dentro sentí ganas de vomitar. Ella se iba y me dejaba ahí, sin muchas explicaciones y con un agujero en el pecho. Una semana luego recibí una llamada de su hermano, me dijo que Juana se había mudado a Brasil, donde trabajaría como editora en una revista. La idea era vender la casa donde vivíamos y luego cada uno se quedaría con la mitad del dinero, así de simple. Después de eso, cerré aquel lugar que había sabido ser nuestro hogar, donde habíamos depositado tantos planes y sueños y me mudé a un apartamento amplio en el centro de la ciudad. No saqué nada de aquella casa, la dejé como estaba, como un testigo mudo de lo que había sido nuestra relación. Contraté a una empleada para que fuese a limpiar una vez al mes, pero yo nunca más había vuelto a pisar aquel lugar. En medio de un mercado inmobiliario paralizado, estuve dos años esperando alguna llamada para poder deshacerme de todo aquello, luego simplemente olvidé de su existencia hasta que a los cinco años de aquella noche en la que Juana se marchó, recibí su llamada.

     «Es un conocido de papá, sus hijos se casaron y quiere buscarse un lugar más pequeño donde pueda vivir con su esposa. Mañana me tomo el primer vuelo para ahí, podríamos juntarnos a tomar un café y luego ir hasta la casa a ver que podemos hacer con las cosas. ¿Te parece?» decía Juana, como si nunca se hubiese ido. Lo decía con la misma naturalidad con la cual me hablaba cuando estábamos juntos. Le acepté la idea de ir a la casa, pero rechacé el café, no quería sentarme a hablar de nuestras vidas, prefería terminar con todo de una vez. 

     Eran las nueve de la mañana de un sábado, me encontraba en mi auto, afuera de la casa, esperándola. Siempre había tenido la manía de querer hacer las cosas temprano, yo en cambio, no paraba de bostezar y le daba sorbos a mi café, intentando no dormirme. Era una mañana de junio bastante fría. La casa se encontraba en las afueras de la ciudad, en la zona este. Estaba rodeada de árboles, que se movían de un lado a otro con el viento. Sentí el ruido de un motor que se acercaba por detrás en la calle de tierra que pasaba frente a la morada. Miré por el espejo retrovisor y vi un auto rojo acercándose y estacionando detrás de mí. Del auto bajó una mujer alta, con un tapado blanco, utilizando gafas de sol. El cabello le daba por la cintura, estaba mucho más largo que la última vez que la vi. Se quedó un rato contemplando la casa, luego emprendió marcha hacia mi auto. Me bajé, sentía frío, me dolían los huesos, no se si por el clima invernal o por estar parado frente a ella luego de tanto tiempo. 

     —Bueno. ¿No me pensás saludar? —dijo sonriendo. 
     —Perdón, es que es tan raro verte después de todo este tiempo.
     —Si, es verdad. ¿Cuánto fueron? ¿Cinco años?
     —Cinco años, dos meses y cuatro días —dije, y luego me di cuenta que sonaba un poco tonto al saberlo con exactitud.
     —¡Vaya memoria! Como siempre. ¿Vamos a entrar? Me congelo.

     Abrí la puerta y la dejé pasar primero, llevaba una cartera marrón, que dejó sobre un escritorio que estaba en el vestíbulo, dejó allí también sus lentes de sol. Era una casa de dos plantas, abajo estaban la sala, el comedor, la cocina, un baño y el vestíbulo donde comenzaban las escaleras hacia el piso superior donde habían dos dormitorios y un baño. Juana se sacó el abrigo y lo dejó en un perchero al costado de la puerta principal. Llevaba puesta una remera negra de manga larga, bastante ajustada y unos jeans blancos. La quedé observando un rato, mientras ella contemplaba las escaleras sin decir nada, miré sus curvas, recordé cuando pasaba mis manos sobre ellas, nunca una mujer me había atraído tanto, tenía un lindo cuerpo aunque no era nada extravagante, sin embargo había algo en ella que me atraía demasiado.

     —Es tan extraño volver después de tanto tiempo —se dijo en voz baja, luego me miró e hizo una mueca con los labios, la misma mueca que hacía siempre que algo le dolía y se sentía desanimada. Trató de sonreír, pero sus ojos no la acompañaron, estaban apagados, sin brillo, parecía esa risa que das cuando te están despidiendo del trabajo y tratas de mantener la calma.
     —Lo es, pero ya estamos acá, tenemos que ver que vamos a hacer con estas cosas —comenté.

     Nos fuimos hacia el living, donde estaban un sofá negro, un par de sillones y la mesa, donde solía estar la televisión. Al entrar comencé a recordar nuestras tardes de domingo allí sentados, abrazados, mirando películas. Miré los sillones, y la alfombra, recordé todas las veces que hicimos el amor en aquella habitación, también recordé algunas peleas.

     —¿Te acordás cuándo nos quedábamos horas en ese sofá? —me preguntó, como si pudiese leer mis pensamientos.
     —Si, recuerdo mirar películas abrazados —dije.
     —Se me vienen a la mente mil memorias.
     —Si, a mi también, es como si cada rincón tuviese un recuerdo, o varios, no lo se explicar. El sofá, los sillones, la alfombra.
     —Mejor no hablemos de lo que pasó en esa alfombra —me interrumpió y luego me guiñó el ojo.

     Ninguno quiso quedarse con nada, acordamos que contrataríamos un camión para que se lleve las cosas y las donaríamos a alguna ONG. Continuamos la recorrida por la cocina, donde hablamos de como apenas la usamos dado que a ninguno le gustaba cocinar, vivíamos prácticamente del delivery. Con cada comentario que pasaba nos distendíamos más, entrábamos en confianza y todo se sentía extraña y dolorosamente familiar, como si nunca hubiese pasado el tiempo. Incluso cuando vimos las cosas del baño bromeamos sobre la vez que intentamos tener sexo en la ducha y Juana terminó con un desgarro en el muslo. Parecía que nunca se hubiese ido, parecía que en aquella casa el tiempo se hubiese detenido durante cinco años y aquel día se hubiese puesto en marcha otra vez. Juana de a ratos sonreía y me miraba con sus ojos, que ahora brillaban, parecía que estuviese mirando un monumento, parecía que estuviese fascinada con lo que veía, sin embargo yo no era nada especial ni nada admirable, pero ella me miraba así, y nunca otra mujer me miró de la misma forma.

     —¿Por qué te fuiste? Nunca lo entendí —le dije de la nada. Estábamos en nuestra antigua habitación, la cama de dos plazas estaba tendida, como si siempre hubiese estado esperando nuestro retorno. En las paredes aún quedaban fotos de nuestros viajes por el mundo, todo estaba en su lugar, nada había cambiado.
     —Vení —dijo mientras se acostaba en la cama, en el lado que siempre había sido su lado,— creo que tenemos que hablar.
     Me acosté a su lado y la miré a los ojos por un rato, sus labios, rosados y carnosos, estaban a pocos centímetros de los míos, me pregunté si sus besos se sentirían igual que antes.

     —Me fui porque pensaba que no quería esta vida, era muy perfecta y yo sentía que quería un cambio —dijo, cambiando la mirada hacia abajo.— Estaba segura que sería feliz si me alejaba de todo, pero con cada paso que daba me sentía más miserable que antes.
     —¿Por qué no volviste? ¿Por qué no dijiste nada? —pregunté atónito, no esperaba esa respuesta de ella, siempre había imaginado que su vida sin mí era perfecta, que tendría todo lo que siempre había soñado.
     —Pensaba que me odiabas. Te rompí el corazón en mil pedazos. Me fui de un momento a otro, pensé que no querrías verme más —dijo con los ojos mojados.
     —Si, tu partida me devastó. Se sintió como si alguien arrancara un pedazo de mí. Fue una de las cosas más duras que me tocó superar. Te odié, luego te extrañé, luego volví a odiarte, y así estuve por meses. Estuve mal, salía con otras chicas y me sentía vacío por dentro, sin esperanzas de volver a construir algo como lo que teníamos. Todo era caos, hasta que un día me levanté y me di cuenta que ya no dolía, ya no te odiaba ni tampoco te extrañaba, no sentía nada. Creo que necesitaba tiempo, y al final entendí que tampoco estábamos bien, peleábamos mucho durante las últimas semanas. 
     —Si, lo se. No digo que estuviésemos bien, pero haberme ido es algo de lo que me arrepiento todos los días. Yo estaba ahí, lejos de todo, cumpliendo mis sueños, logrando metas que me había propuesto, pero me daba cuenta que cada vez que lograba algo miraba hacia un costado esperando que estuvieses ahí conmigo. Te extrañé desde el primer día —confesó mientras un par de lágrimas contorneaban sus mejillas blancas.
     —¿Hasta ahora?
     —Si, aunque siempre estaba la duda de como iba a ser volver a verte. No sabía que era de tu vida, ni si estabas con alguien más.
     —No, no hay nadie en este momento —dije, mientras miraba sus labios otra vez.
     
     Nos quedamos acostados mirando al techo unos quince minutos, ninguno habló, lo único que se escuchaba eran nuestras respiraciones. Me giré hacia su lado, ella hizo lo mismo y nos quedamos mirando. Sentí algo en el pecho, algo que hacía tiempo no sentía. Miré su cuerpo, sus labios, sus ojos, todo me invitaba a acercarme más.
     
     —Es tan raro — dijo, interrumpiendo mis pensamientos,—  siento como si el tiempo no hubiese pasado nunca. Es como si me hubiese ido a Brasil pero nada de eso hubiese pasado. No recuerdo como fue nuestro último día juntos, ni tampoco se como fue nuestro último beso, ni la última vez que hicimos el amor. En un momento estaba abrazándote y de repente estaba en otro país, con otro trabajo y con otra vida. Pero todo eso, esos cinco años, se sienten como si fuese un sueño, es como si acabara de despertar de golpe.
     —Nuestra última vez fue acá, en esta cama, la noche anterior a tu partida. Luego de que terminamos, nos fuimos a dormir, pero te escuché llorar, intentabas hacerte la dormida, pero no podías disimularlo, sabía que algo andaba mal. Al día siguiente me lo contaste todo en aquel bar.
     —Perdón por todo eso.
     —Ya pasó, ya lo superé, no tiene sentido pensarlo ahora.
     —¿Me extrañaste?
     —Al principio si, luego dejé de hacerlo, tu te fuiste, no me quedaba otra que olvidarte.

     Nos quedamos mirándonos otro rato más, en silencio. Volví a pensar en sus labios, y en como se sentiría besarlos. Se lo dije.
     —Me pregunto si besarte se sentirá como antes —dije mientras me acercaba a su boca.
     —Que bueno, porque yo también me pregunto lo mismo —dijo casi suspirando y acercó sus labios y los apoyo en los míos. Comenzamos a besarnos muy suavemente, sentía sus labios tibios y mi corazón empezaba a latir más fuerte. Sentí su lengua jugando con la mía y mientras comencé a acariciarle la espalda, la cintura y sus muslos. Comenzaba a suspirar cada vez más fuerte, comencé a besarle el cuello y soltó un gemido. Nos fuimos desnudando de a poco, casi sin despegarnos, no podíamos dejar de besarnos, era como si nuestros cuerpos estuviesen invadidos por un magnetismo que estuvo dormido durante años. Hicimos el amor, lo hicimos como si fuese nuestro último día en la Tierra, como si luego de esa vez todo dejara de existir. No se cuanto tiempo estuvimos haciéndolo, era como si esa habitación fuese un universo paralelo donde el exterior no tenía efecto, afuera era invierno y hacía frío, pero adentro todo era calor. Terminamos y nos quedamos abrazados, nuestros cuerpos sudaban mucho.

     —¿Seguís preocupado por el sistema de transporte que usan en Etiopía? —me preguntó mientras la abrazaba.
     —¿Eh? ¿Por qué esa pregunta? —dije, un tanto confuso.
     —Es que me estaba acordando de cuando vivíamos juntos y siempre te interesabas por temas raros. A mi me aburrían, pero siempre me maravillaba con que supieras esas cosas que para el resto del mundo pasaban de ser percibidas. Nunca nadie más me comentó del sistema de transporte de Etiopía.
     —Bueno, siempre me gustaba saber esas cosas. Vos también tenías tus particularidades, cosas que me encantaban.
     —Éramos el uno para el otro —suspiró mientras miraba al techo. Luego me besó, estuvimos besándonos durante varios minutos, como si fuese lo único que supiésemos hacer en esta vida. Tuvimos relaciones una vez más, parecía que no queríamos que terminara ese momento.   

     Después de un par de horas de pasión, nos pusimos nuestras ropas y comenzamos a recorrer la casa de nuevo. Por momentos la abrazaba y quedábamos de pie, sin movernos, yo con mis brazos alrededor de su cintura y ella con la cabeza apoyada en mi pecho. 

     —Quiero mirar todo una última vez, quiero guardar en mi mente cada detalle, cada rincón de esta casa. Quiero guardar cada rincón de tu cuerpo también, quisiera nunca más olvidar todo esto —me dijo con los ojos en lágrimas. 
     —Yo tampoco quiero olvidar nada —le respondí. Me preguntaba que pasaría luego, que sería lo siguiente. ¿Volveríamos a vernos? Nuestras vidas habían cambiado tanto que ni siquiera sabía como procesar todo aquello. Solo había una cosa de la que estaba seguro, lo que sentíamos no tenía comparación con nada, era algo tan fuerte que quemaba. 

     El camión iría a buscar las cosas al día siguiente, nos llevamos las fotos que encontramos solamente. La acompañé a su auto, nos besamos una vez más, no quería dejarla ir, pero tampoco sabía como decirle que se quedara. Creo que por su mente pasaban los mismos pensamientos porque cada vez me apretaba más contra ella.

     —Me gustó verte. Te voy a extrañar, prometeme que te vas a cuidar —dijo Juana en voz baja.
     —Lo prometo —le respondí.
     —Si algún día vas a Brasil, buscame y podemos tomar ese café que te pedí, nunca me lo aceptaste —comentó.
     —Me parece bien, aunque prefiero volver a hacer esto que tomar un café.
     —Opino igual, pero aún así, me gusta hablar contigo también. Me tengo que ir —y se subió a su auto.


     Volví hacia mi vehículo y miré como ponía en marcha el motor del suyo, noté como una vez más caían lágrimas en su mejilla. Maniobró para poder salir por el mismo lado por el que vino. Hacía frío de nuevo, sentía como se me congelaba todo el cuerpo, o tal vez era esa sensación de ver una vez más irse a la mujer que amo.

lunes, noviembre 9

El loco

     El loco iba caminando, siempre con la mirada baja y una pila de hojas bajo su brazo. Era alto y tenía el cabello largo y desaliñado, las canas ya cubrían gran parte de su cabeza. Nadie sabía exactamente su edad, algunos decían que rondaba los sesenta años. Sus ojos eran oscuros y grandes, tenía una mirada profunda, aunque rara vez miraba a alguien a los ojos, por lo general iba de un lado a otro mirando al suelo. Vestía siempre jeans, zapatillas negras de lona, y una camisa blanca. Pertenecía a un pabellón donde estaban las personas depresivas pero no violentas.

     En la habitación del loco había una cama, no compartía el cuarto con nadie, tenía un escritorio lleno de hojas en blanco y una pluma negra que usaba para escribir cuando se sentía inspirado. Las paredes solían ser blancas, pero ahora se encontraban cubiertas casi en su totalidad por cartas o notas con una caligrafía muy delicada y suave, todo lo contrario a las notas del loco, que eran poco legibles en el primer intento. A los pies de la cama descansaba una guitarra negra, al loco le gustaba tocar canciones de los Beatles de vez en cuando, no era su banda preferida, pero siempre recuerda como ella le pedía que tocara esas canciones todo el tiempo. «Me pedía que tocara todo el Álbum Blanco, de principio a fin. ¿Se imagina lo difícil qué es eso? Al principio era un desastre, sin embargo ella sonreía y decía que sonaba hermoso,» contaba un día el loco a un enfermero que venía a entregarle su medicación.

     «Serían aproximadamente dos mil quinientas hojas, entre cartas y poemas. Aunque muchas veces empezaba a escribir algo y lo tiraba porque me acordaba que ya le había dicho eso hace un mes. Usted verá que escribirle a una mujer a veces es complicado» le decía tranquilamente a un médico que miraba con asombro las hojas que llevaba siempre consigo. El loco comía poco y rara vez dormía, cuando no estaba caminando por los pasillos de la clínica, se encontraba escribiendo o tocando la guitarra, algunas otras veces se sentaba en el patio y cerraba los ojos mientras los rayos de sol le iluminaban las arrugas que el pasar del tiempo le había dejado en la cara, otras veces se iba hasta entre los árboles a fumar en silencio.

     Una vez alguien le preguntó a quien le escribía tanto, y con los ojos en lágrimas decía «a la Luna, dijo que un día iba a venir a buscarme, yo la estoy esperando», aunque en los registros nunca figuró una tal Luna, ni ninguna mujer que lo haya visitado, llamado o escrito algo. Todas las cartas que tenía las había traído el primer día. «Ella era hermosa, blanca, muy blanca y con los ojos grandes como dos faroles. Usted sabe que de todas las mujeres con las que he compartido el lecho, ninguna me volvió tan loco como ella. Yo era feliz cuando la tenía entre mis brazos, yo la amaba, pero ese amor luego se volvió mi infierno. Ah, mi padre me decía "hijo, el amor es cruel, usted le da el corazón a una mujer y ella lo primero que hace es exprimirlo." Yo pensaba que eran sandeces, el viejo, que en paz descanse, vivía solo y amargado, yo pensaba que era su rabia hablando por él, pero verá que siempre tuvo razón», se lo escuchó decir una vez en el comedor, mientras jugaba con el puré de manzanas que acompañaban a las milanesas que servían ese día.

     En las mañanas de primavera, solía escribir en el patio, sobre una mesa que estaba al lado de una fuente de piedra gris, «me gusta este lugar, porque me recuerda a la plaza donde nos dimos nuestro primer beso, una fría tarde de otoño, nunca me había sentido tan nervioso en mi vida, y sabrá usted que a mi las mujeres nunca me intimidaron, pero ella tenía algo distinto, era como estar al lado de un astro, tenía luz propia, y de tanta luz terminé ciego y quemado,» le explicaba a un jardinero que podaba un arbusto a su lado.

     «Ella me dejó cuando más la necesitaba, o eso creía yo. Usted verá que el amor es una cosa, es algo lindo, algo que usted disfruta y siente plenitud en el alma. El amor es tibio, no quema, pero agrada. Esto que me pasaba era deseo, era algo más peligroso que el amor. Era algo que quemaba por dentro, que hacía arder el estómago y temblar las piernas. Tocar su piel era algo que anhelaba día y noche, adoraba su cuerpo desnudo junto al mío, la extrañaba al punto del desespero. Cuando estábamos juntos explotábamos, éramos una bomba, o un puñal, algo que lastima, pero lo peor es que uno disfruta mientras la herida va creciendo. Aquello, que nosotros decíamos hacer el amor, no era amor, era cruel, era egoísta y nos estaba matando. Ella se dio cuenta antes y se marchó sin ningún rasguño, pero yo ya estaba condenado. La lloré mil noches, no lo entendía, mi vida se sentía mejor sin ella, sin embargo la necesitaba. Creo que de todas mis adicciones, esa mujer era la más grave. Verá que yo fumo de vez en cuando y también me gusta tomar, pero esto es distinto, mire como terminé», respondió un día a un psicólogo que quería saber más sobre las cartas. El loco miraba al terapeuta y de ratos le daba una calada a su cigarrillo. «Y ahora me tiene acá, escribiendo mil cartas que no son mías, porque son suyas. Ella se llevó todo lo que tenía y aún veinte años después lo sigue haciendo. No hay día en el que no intente escribir otra cosa, pero siempre, todo, termina siendo algo sobre ella» decía y luego le daba otra calada a su cigarrillo. Soltaba el humo muy despacio, con desgano y suspiraba.

     El loco murió sereno, en una noche de Luna llena. Tenía la ventana de su habitación abierta y los rayos color plata le iluminaban el rostro, que por fin demostraba alivio. Entre sus manos encontraron una última carta, sin terminar, dedicada a esa misma mujer que lo había atormentado y enamorado por tantos años. El loco terminó su vida siendo eso, un loco. Cuando limpiaban su habitación, contaron tres mil once cartas y ochocientos seis poemas. Habían rumores que decían que esa misteriosa dama era su primer amor, otros contaban que era una mujer casada y por eso la relación era tan inestable y cruel, algunos decían que el loco era quien estaba casado, a pesar de los rumores nadie sabía la verdad. Luna pasó a ser una leyenda urbana entre los pasillos de la clínica y el loco el recuerdo de que a veces el amor cuando no se muere, mata.
   

     Lo sepultaron en las afueras de la ciudad, ningún familiar pudo ser contactado, por lo tanto su velorio fue corto y solo fueron algunos funcionarios que lo recordaban con cariño. Dicen que cada año, en alguna fría tarde de otoño, aparecen flores blancas junto a su lápida, flores blancas como la Luna.