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martes, diciembre 16

Historias: Donde van las almas en pena

     Me pregunté a donde iban las almas en pena cuando aún estaban vivas. Abandoné aquel edificio sabiendo lo que había sucedido. Traté de ignorar todo lo que esa maldita voz gritaba en mi cabeza, pero era en vano. Encendí un cigarrillo y caminé bajo las penumbras de la noche. Eran casi las cuatro de la madrugada y la ciudad aún no despertaba de su letargo. Me sentí solo en el mundo, abandonado, sin rumbo cierto. Caminé un par de cuadras sin saber exactamente a que lugar ir. Pensé en ir a casa y dormir, pero no quería volver allí, quería escaparme de cualquier cosa que me hiciera recordar la realidad. Me quedé inmóvil, mirando al cielo que estaba cubierto, esperando que tal vez alguna estrella apareciera y me indicara el camino. Un relámpago sonó a lo lejos y cayeron gotas que mojaron mi pálido rostro. No llevaba ningún paraguas conmigo y mi cabello ya se sentía empapado por la lluvia. Saqué del bolsillo de mi gabardina una petaca que contenía restos de un fino escocés que guardaba para situaciones angustiantes como aquella. Bebí un sorbo, y luego otro, y así hasta terminar lo que quedaba en aquel envase color plata, con una insignia en oro que recuerdo en alguna época significó mucho para mí, pero ahora era solamente un bonito adorno. 
     
     Decidí que lo mejor era buscar un bar de mala muerte donde poder pasar hasta que pasara la lluvia, supuse que era ahí donde iban las almas en pena que aún estaban vivas. Caminé un par de cuadras, sin éxito alguno. Mientras me movía por la acera me vi encandilado por una luz que venía de frente. Un vehículo se aproximaba a una velocidad muy lenta, casi como si estuviese ahí para buscarme. Era un taxímetro, noté que tenía el cartel de "libre" encendido. Como por una corazonada, alcé mi mano y le hice señas para que se detuviese. El coche, un Chevrolet Impala de los años sesenta, aparcó a mi lado, me subí asiento trasero y quedé en silencio por algunos segundos. Miré hacia el espejo del retrovisor y noté que el chofer tenía su mirada en mí, eran unos ojos cansinos, de un hombre de aproximadamente sesenta años de edad, ya bastante canoso y con ojeras grandes. El hombre vestía un traje negro, con una camisa blanca y corbata de color azul oscuro o negra, no lo supe distinguir por la oscuridad que había en el interior del vehículo. Acto seguido le dije:
—¿A dónde van las almas en pena que aún están vivas en esta ciudad? —casi en un suspiro.

El chofer miró por el espejo a mis ojos con una mirada penetrante, que me hizo erizar y esbozó una leve sonrisa.

—Se exactamente a donde llevarlo — respondió mientras ponía en marcha al automóvil.

     El vehículo se desplazó por toda la ciudad, hasta llegar a una zona más antigua de la misma, cerca del puerto. El lugar estaba lleno de edificios viejos, de principios del siglo XIX. El chofer no emitió ni una sola palabra en todo el recorrido, tampoco lo hice yo, ambos estuvimos en silencio. No sabía exactamente a donde iba, pero en aquel momento cualquier lugar me servía. El taxi se detuvo frente a una casona de dos plantas, de aspecto lúgubre, con ventanas grandes que estaban cerradas y una puerta de dos hojas de madera oscura adornadas por unos llamadores de color dorado.

—¿Dónde estamos? —pregunté.
—Lo están esperando adentro, por favor golpeé siete veces y sabrán que es usted.
—¿Pero qué lugar es? —volví a preguntar
—Un lugar donde lo están esperando —dijo el chofer sin vacilar.
—Bueno... ¿cuánto le debo?
—Hoy es gratis —respondió.
—¿Cómo?
—Dije que es gratis, por favor bájese —dijo con voz alta mientras se daba la vuelta y me enseñaba una mirada bastante aterradora, sus ojos estaban más oscuros de lo normal y su cara demasiado pálida.

     Bastante confundido me bajé del vehículo y me dirigí hasta la puerta de aquel lugar. Me pregunté a que se refería con que me estaban esperando, y porque se había negado a cobrarme el viaje. Todo aquello se estaba poniendo cada vez más extraño, pero ya era tarde y necesitaba ir al lugar donde van las almas en pena que aún están vivas. Golpeé siete veces la puerta y escuché pisadas fuertes que se acercaban cada vez más. Una de las hojas de la puerta se abrió y un rostro espectral se asomó por la misma. Era un hombre bajo de estatura, bastante viejo y evidentemente se estaba quedando calvo, apenas unas canas adornaban su nuca y la parte de atrás de sus orejas. Vestía una camisa blanca y un pantalón negro.

—¿Qué se le ofrece? —preguntó.
—Busco un lugar donde van las almas en pena que aún están vivas en esta ciudad —respondí sin pensar muy bien en lo absurdo que sonaba.
—Hmmm... Si, entiendo, pase —dijo mientras me miraba de arriba abajo.

     Entré a la casona, había un largo pasillo bastante oscuro, apenas un par de faroles tenues colgaban del techo. El hombre, quien dijo llamarse Alfred, me llevó hasta una puerta que estaba al final del corredor. Entré y era una especie de bar, con muy poca luz, apenas se divisaban sombras sentadas alrededor de mesas redondas. Habrían allí una veintena de personas, no lo podría saber con exactitud debido a la lobreguez de la sala. En la barra estaba otro hombre, veterano, con bigote, que preparaba un trago a otra silueta oscura que no parecía tener rostro. 

     Me senté en una silla y Alfred me preguntó si quería algo de beber, le dije que me trajera un whisky escocés en las rocas. Luego de un par de minutos el anciano apareció con mi bebida y se marchó, perdiéndose en la oscuridad de aquel lugar. Mientras disfrutaba de mi elixir escuché una voz femenina.

—¿Está ocupado este asiento? —dijo con firmeza.
—Eh... No, para nada —respondí un tanto confundido, no había notado su presencia antes.
—Me parece bien, Benjamin —dijo para mi sorpresa.
—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunté enajenado.
—Se muchas cosas sobre ti, se a que viniste.

     Levanté mi mirada que hasta ese momento se encontraba fija en el vaso y noté sus ojos azules, un color azul brillante que parecía no ir con la tonalidad de aquel lugar. Llevó su mano hasta el centro de la mesa, donde una vela permanecía apagada y la encendió con un yesquero que sacó de su abrigo negro. Era una mujer muy hermosa, pude notar que tenía cabello rubio platinado, me sentí muy atraído hacia ella, pero no como me sentiría por cualquier mujer bonita que me cruce por la calle, era algo más, sentía cierta conexión, como si ya la conociera. 

—¿Quién eres? —le pregunté mirándola a los ojos.
—Me llamo Marie —respondió sonriendo.
—¿Pero cómo sabes mi nombre? ¿Nos conocemos?
—Por supuesto, nos hemos cruzado varias veces, solo que no lo recuerdas.

     Traté de pensar en todas las noches y días de mi vida, a pesar del esfuerzo que hice no pude recordar su pálido rostro, ni tampoco sus labios color rosa, o sus ojos azules como el más hermoso de los zafiros. Pero algo había allí, una conexión, su presencia me hacía sentir bien y a la vez parecía dentro de mí sabía bien que no era un a extraña, pero no podía recordar nada de ella.

—¿Dónde nos hemos cruzado? No te recuerdo para nada.
—Eso no importa ahora, lo que importa es porque viniste —dijo con un tono serio.— Estoy aquí porque buscabas el lugar al que van las almas en pena que aún están vivas.
—¿Cómo lo sabes?
—Se muchas cosas de ti, se porque saliste corriendo de aquel edificio, porque no querías volver a tu casa, y porque caminaste bajo la lluvia de la ciudad. Se que tu alma está rota, y que tu corazón también. Mi pregunta es, ¿quieres volver a estar vivo?
—Pero estoy vivo —dije.
—¿Cuándo fue la última vez que sentiste placer en los brazos de una mujer? ¿Cuándo fue la última vez que besar a alguien hizo que tu corazón vaya más deprisa? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste ese amor que te quema por dentro? 
—No lo se —dije pensativo. 

     Hacía mucho que las relaciones humanas me eran insípidas, ya no sentía nada al estar con otra persona, ni tampoco al hacer las cosas que tanto me gustaban antes. Ya no disfrutaba del paisaje cuando salía a correr por las mañanas, ni tampoco el agua del mar. Mi vida se había vuelto un círculo vicioso de desgracias personales, donde siempre terminaba haciendo cosas de las cuales me arrepentía y ni siquiera me sentía bien mientras las hacía. Había entregado mi alma a las adicciones mundanas pensando que serían una vía de escapatoria a toda la realidad que tanto me abrumaba, pero sin embargo cada día despertaba peor que antes y ya la vida me sabía a poco, o a nada directamente.

—¿Recuerdas algo de lo que sucedió hoy?
—No, no mucho.

     Traté de pensar e inmediatamente mi cabeza se sintió como le dieran con un hacha, el dolor era insoportable. Marie llevó su mano a mi rostro y me vi agobiado por una serie de imágenes que aparecieron ante mis ojos. Me encontraba en una habitación, parado, frente a una mujer que lloraba, pero no sabía el motivo. En una mesa de luz había un polvo blanco y un par de tarjetas de crédito al lado de un billete de cien dólares enrollado como un tubo, y también muchas botellas de whisky por el piso del dormitorio. La mujer sollozaba,y decía cosas que no entendía, pero sabía que le había hecho mucho daño, no físico, pero la había lastimado de cierta forma. Sentí cierta repulsión hacia mi persona, arrepentido, asqueado, con ganas de vomitar. Estallé en llantos ante dicha escena, pero aquello no se detuvo allí, inmediatamente muchas imágenes siguieron, donde una vez tras otra volvía a escenas parecidas, donde le hacía el mal a otros, donde me sentía odiado, y me odiaba a mi mismo. Comencé a gritar desesperado, sentía como si mil puñales me estuviesen atravesando el cuerpo y mi cabeza no paraba de doler. 

—¡¡¡BASTA!!! —grité, espantado.

     Las imágenes se detuvieron y volví a estar sentado frente a Marie, ambos llorábamos. Me tambaleé en la silla y me caí al suelo, suspirando entre lágrimas. Ella se levantó de su asiento y me sostuvo entre sus brazos. Sentí su calor, sentí como si mi alma estuviese más tibia. El vacío que sentía en el pecho parecía estar llenándose. Noté que tenía la camisa manchada de rojo, podría ser sangre o vino, pero no recordaba haberme lastimado o derramado nada. 

—Espero que nuestro encuentro te haya servido de algo. ¿Quieres volver a estar vivo? —preguntó mientras sentía sus brazos envolviéndome.
—Si, por favor —respondí con la voz temblorosa. 

     Todo se volvió luz de golpe.


***


—¡Despejen! —exclamó una voz femenina.

     Sentí una descarga que recorría mi cuerpo de punta a punta. Luego el frío asfalto bajo la espalda, la lluvia sobre mi rostro y un dolor descomunal por todos lados. Abrí los ojos, veía todo borroso, pude notar dos siluetas a mi alrededor. Una de ellas pertenecía a la voz femenina que había escuchado antes, era una mujer pelirroja que llevaba puesta una campera donde podía leer la palabra "Paramédico". A su lado se encontraba un joven con la misma campera y un aparato en sus manos. 

—Tenemos pulso —dijo la paramédica mientras miraba a su compañero.— Preparen el traslado —ordenó.

     Me encontraba en una calle, tirado y sin entender que sucedía. ¿Qué había pasado en aquel bar? ¿Cómo había llegado hasta esa calle? 

—Benjamin, soy Micaela, paramédica, tuviste un accidente de tránsito, un vehículo te chocó de frente mientras cruzabas la calle. Te vamos a llevar al hospital, por favor quedate conmigo, no cierres los ojos, todo va a estar bien —exclamó mientras me miraba a los ojos. 

     Miré a un costado de la calle y vi un taxi estacionado, bajo la lluvia que caía sin parar y de pie a su lado estaba aquel mismo hombre que me había llevado hasta el bar, fumando un cigarrillo, mientras me miraba con una sonrisa en su macabro rostro.

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