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jueves, noviembre 20

Caos: Los hombres del bosque - Parte I

     Se despertó a la madrugada, agitado, había dormido poco y se sentía nervioso. Estaba helado, a pesar de que la calefacción de su cabaña estaba andando perfectamente. Afuera nevaba y estaba oscuro, apenas se podía distinguir algo entre lo vasto del bosque que rodeaba su casa. No sabía porque estaba tan nervioso, se sentía vigilado, aunque sabía que solamente él y su hijo pequeño, que dormía en la otra habitación, estaban en aquel remoto lugar.
     
     Recordó como había terminado allí, como había hecho de aquel lugar recóndito su hogar. Esa casa era una herencia de su abuela y se fue a vivir allí hacía unos diez años, luego de un matrimonio fallido. Estaba cansado de la vida agitada de la ciudad y se refugió en la calma del bosque, en la tranquilidad de los árboles. Con su anterior esposa había tenido un hijo varón, el cual iba a visitarlo frecuentemente. Se acordaba de como su fallecida abuela le decía que tuviera cuidado en aquel bosque, dado que criaturas malas, como decía ella, habitaban allí. Está claro que nunca le prestó mucha atención a esas palabras, pensaba que eran producto de su avanzada edad y su deterioro mental.

Se llevó las manos a la cara, aún recostado sobre la fría cama. No podía creer que pasaría otra noche en vela, se sentía enfermo, hacía días que no sabía lo que era un buen descanso. Además la sensación de estar vigilado todo el tiempo lo hacía temblar, el frío bajaba por su columna y hacía que su médula se sintiese como un largo bloque de hielo que solo era capaz de refrigerar su sangre.

     Decidió levantarse e ir hasta el baño a lavarse la cara. Al entrar se miró al espejo, sus ojeras espantaban, no tanto como las arrugas que se le estaban formando en su rostro de cuarenta años de edad. Sus ojos verdes parecían dos esmeraldas cuyo brillo había sido quitado, se veían oscuros, perdidos, como sin vida. Su cabellera rubia y despeinada, junto con su barba, lo hacían parecer un pordiosero, algo lejos de la realidad.

     Había escrito su primer bestseller a los veinticinco, y a los treinta ya tenía ocho novelas publicadas y dos libros de poemas; sin embargo hacía años que no escribía una sola línea. Estaba totalmente aislado del mundo y solo era recordado porque su nombre aparecía de vez en cuando en la estantería de alguna que otra librería. Ahora mismo no quería volver a escribir, se sentía frustrado y nada lo hacía sentirse motivado o inspirado. 
     Sintió un ruido extraño fuera de su habitación, como pasos que hacían rechinar las tablas de madera del piso. Se preguntó si su hijo se habría levantado o en el peor de los casos, si alguien habría entrado a la casa. Salió del baño que estaba pegado a su dormitorio y se dirigió a la puerta del mismo. La abrió y se adentró en las penumbras del pasillo que separaba ambas habitaciones. Comenzó a caminar lentamente y sintió que el ambiente se volvía cada vez más frío, sentía como si una delgada línea de agua helada recorriera su espalda. Estaba temblando y no se podía explicar la razón. Siguió caminando rumbo a la habitación de su hijo, tratando de hacer poco ruido y de agudizar su oído y así lograr identificar algún otro sonido. 

     Al llegar a la puerta de la habitación sintió un ruido que lo dejó petrificado, era como la mezcla del maullido de un gato con el sonido que haría alguien al golpear su lengua contra el paladar. Abrió la puerta de golpe y vio algo que lo marcó, algo que le generó un miedo que jamás había sentido en su vida. Allí, al lado de la cama de su hijo estaba un extraño ser humanoide, con piel de reptil color verde oscuro. Tenía uñas largas y cinco dedos en cada mano y en cada pie. Lo más intrigante era el rostro de aquel ser, carecía de ojos y tenía una boca muy grande y llena de dientes puntiagudos y una lengua larga que salía de la cavidad bucal y se movía por todos lados. El ente lo miró, a pesar de no tener ojos sabía que lo estaba mirando, y emitió otra vez aquel aterrador sonido. Vio que su hijo yacía acostado en la cama, pero estaba petrificado, por más que quería no podía moverse. La criatura tomó al niño entre sus brazos, la horrible bestia estaba agarrando a su único hijo y él no podía hacer nada para detenerlo. Gritó, y trató de dar un paso, pero la criatura tomó al infante y salió por la ventana rápidamente y se perdió entre los árboles.

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