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jueves, febrero 4

Las hélices

     El sonido del ventilador hacía que dormir la siesta en verano fuese algo más placentero, el ruido de las aspas girando hacían que entrara en una especie de trance. A veces imaginaba que estaba volando en un helicóptero, mirando toda la ciudad desde lo más alto.

     El sonido de las hélices no era nada comparado a lo que imaginaba, no era placentero ni tampoco me invitaba a dormir, era ensordecedor y el ruido de las explosiones a lo lejos hacía que me sintiera más tenso. Hacían alrededor de cincuenta grados en aquella nave y éramos un grupo de treinta hombres sentados en el suelo metálico. Llevaba puesto aproximadamente veinte kilos de ropa encima, sin contar el arma y las municiones. No sabía exactamente donde estaba, hacia afuera solo se veía arena y más arena, perdiéndose en el horizonte, junto con el humo negro que parecía provenir de mil chimeneas distintas, pero en realidad era producto de los bombardeos. De vez en cuando el helicóptero se tambaleaba, porque las bombas caían demasiado cerca. 
     
     No había elegido ir a esa guerra, estaba ahí representando a un país que apenas supera los tres millones de habitantes, en una guerra que no nos correspondía. Hacía dos meses habíamos sufrido un atentado en pleno centro de la ciudad, un ómnibus explotó en frente al edificio de gobierno y cientos de personas murieron, desde ahí nuestro ejército se sumó a la guerra contra un enemigo fantasma que parecía estar en todos lados. Habían frentes de batalla en el desierto al norte de África, en el siempre conflictivo Medio Oriente y ya estaban comenzando a haber enfrentamientos en Europa, al menos eso decía nuestro General. Nunca nos habían preparado para tanta crudeza, nunca nos habían dicho todo lo que íbamos a sufrir.

     El líder de mi misión era un yanqui de piel oscura, que hablaba un muy mal español, mezclado con palabras en inglés, yo era el único de mi nacionalidad en ese equipo.  «Atacarremos a estous hijous de putah con todou. ¡Let's kill some motherfuckers!» gritaba, mientras daba explicaciones de como sería el ataque a un grupo de rebeldes que había tomado un pequeño poblado. Yo jamás había matado a un ser humano en mi vida y me encontraba allí frente a una persona de otro país que me pedía que no tuviese piedad en ningún momento. 

     Primero vi una luz, luego escuché un sonido tan fuerte que me hizo doler no solo los oídos, sino que el cuerpo entero. Nos habían dado con un misil justo en el rotor de las las hélices cuando estábamos comenzando a descender. Me sujeté fuerte al asiento mientras el vehículo comenzaba a girar rápido sobre el aire. Pensé que ese era mi final, sin dar un solo disparo iba a morir a miles de kilómetros de casa, sin haber pisado nunca el suelo del desierto. Comencé a rezar, recé tanto como pude y luego sentí como mi mundo colapsaba, como si fuese un terremoto. Escuchaba el ruido de chapas retorciéndose y luego ya no escuchaba nada. Abrí los ojos, sentí calor, pero no era el calor del desierto, era como si me hubiesen tirado sobre el mismísimo Sol. Miré a mi alrededor y estaba tirado en el piso del helicóptero, la cabina del piloto ardía en llamas y podía ver su cuerpo casi carbonizado moviéndose como un epiléptico, ya no había nada que pudiese hacer. A mi costado yacía un canadiense que hace unos minutos me había contado sobre su novia mexicana que esperaba su retorno, estaba embarazada, me decía cuanto anhelaba poder abrazar a su futuro hijo. Traté de moverlo pero no respondía, miré hacia abajo y me horroricé, donde antes estaban sus piernas ahora solo habían un montón de huesos y carne, sobre un gran charco de sangre.

     Salí del helicóptero antes de que explotara, corrí lo más que pude y me encontré con los de mi grupo que habían escapado un poco antes que yo. «Pensé que estabas muerrtou» dijo el yanqui, y agregó «Nueva orden, matemos todo lo que se mueva. Kill them all», luego de dar la orden comenzamos a movernos hacia el pueblo. En medio de la estampida comenzó la lluvia de disparos, no podía ver de donde provenían, pero escuchaba las detonaciones y los gritos de mis compañeros mientras caían heridos al suelo. 

     "Hijos te puta, los voy a matar", pensé, por primera vez en mi vida el instinto asesino afloraba, ese deseo de sobrevivir comenzaba a arder lentamente en mi interior. Me invadió la adrenalina, ya no sentía calor, ya no me importaban los gritos, solo quería sobrevivir y volver a casa. Levanté mi arma y tal como me habían ordenado comencé a disparar buscando matar a todo lo que se moviera. Disparaba a pequeños bultos que se movían en la distancia, escuchaba sus gritos e insultos en distintos idiomas. Siempre imaginé que me pondrían allí a matar árabes, pero escuchaba palabras en todos los idiomas, incluso en mi español natal. Era una guerra cuyos bandos ya no tenían nacionalidad, éramos humanos contra humanos separados por ideologías, títeres de los que tenían el poder. Éramos peones en un gran juego de ajedrez. 

     Luego de mi primer disparo, donde vi como los sesos de una persona salían volando de su bóveda craneana todo se volvió automático, con cada jalada al gatillo no solo se iba una bala, también se iba parte de mi humanidad. Corría entre las áridas calles de aquel pueblo, esquivando escombros de lo que alguna vez fueron casas. No tenía idea de como íbamos a volver, las comunicaciones en la radio se escuchaban en inglés y la calidad era pésima. Por lo poco que pude entender nos irían a buscar, pero no sabía exactamente cuando.

     No sentí dolor, incluso pude caminar unos pasos antes de caer al suelo. El proyectil me había atravesado la pierna, a la altura del muslo. Caí y vi como detrás de una ventana se asomaba mi atacante, cubierto en ropa oscura, me estaba apuntando. Sin dudarlo le disparé desde el piso, dándole en medio del pecho. Miré a mi pierna y el sangrado no era tan intenso como esperaba, supuse que habría atravesado sin tocar alguna arteria o vena importante. Me puse de pie y lo sentí, era como si un cuchillo me desgarrara desde el muslo hasta la nuca, grité, grité como nunca. Intenté caminar, jadeando, hacia la casa desde donde me habían disparado.
 
     Comencé a llorar al verlo, traté de justificarme diciendo que era un momento de vida o muerte, matar o morir, él o yo. Pensé en mi madre que me esperaba en casa, y en Caro que había dicho que si volvía entero iba a aceptar que la llevara a tomar mates a la rambla. Pensé en toda mi vida, en mis amigos, en mi perro Sultán, y en todo mi mundo que había quedado atrás, cuando aún conservaba lo humano, cuando aún no había asesinado a alguien. Pero ahora todo eso ya no importaba tanto, ahora me encontraba a miles de kilómetros de casa, parado frente al cuerpo de un joven que tendría alrededor de quince años y le había volado el pecho. Tenía parte del rostro cubierta de sangre, era blanco y no pardo como me habían dicho que eran todos los terroristas.


     Me senté a su lado, tuve ganas de vomitar pero me contuve. Me pregunté si su madre también estaría esperando que volviera, o si sabría siquiera donde estaba. Me pregunté si tendría una Caro que lo estuviese esperando para salir, o en como se llamaría su perro. Allí, en donde era el fin de mi mundo, en donde era el comienzo de otro, allí, en aquel lugar donde había extinguido mi humanidad me puse a pensar en que todo carecía de sentido y sin embargo allí estábamos, matándonos. Saqué un cigarrillo que había escondido en un bolsillo y comencé a fumar, afuera los disparos y las explosiones continuaron. Allí sin saberlo se murió una parte de mí. 

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