Cualquier semejanza con la realidad puede que no sea mera coincidencia

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lunes, noviembre 16

Etiopía

     «Perdón, pero quieren que vaciemos la casa este fin de semana. El comprador parece decidido a mudarse.» Me decía desde el otro lado de la línea. Recordé entonces la última vez que la vi, hacían ya cinco años de eso. 

     Juana me miraba, con sus ojos color café y su amplia sonrisa, estaba tan hermosa, tan adorable, que nunca imaginé que palabras tan hirientes pudieran salir de sus labios. Me confesó que se sentía estancada en su vida y que quería probar nuevos horizontes. Yo por dentro pensaba que si quería algo nuevo podría cambiar la marca del dulce de leche, o saltar de un paracaídas, porque nada de lo que decía tenía sentido. Siempre sospeché que había conocido a alguien más, pero nunca lo pude confirmar. Habíamos regresado de un viaje juntos, a París, y todo parecía en orden, pero era algo falso, la relación se desmoronó de un momento a otro. Recuerdo verla marchándose de aquel bar, caminando hacia un taxi, su pelo negro como una noche sin luna, que le llegaba por los hombros, ondeaba con el viento. Era una escena tan cliché que por dentro sentí ganas de vomitar. Ella se iba y me dejaba ahí, sin muchas explicaciones y con un agujero en el pecho. Una semana luego recibí una llamada de su hermano, me dijo que Juana se había mudado a Brasil, donde trabajaría como editora en una revista. La idea era vender la casa donde vivíamos y luego cada uno se quedaría con la mitad del dinero, así de simple. Después de eso, cerré aquel lugar que había sabido ser nuestro hogar, donde habíamos depositado tantos planes y sueños y me mudé a un apartamento amplio en el centro de la ciudad. No saqué nada de aquella casa, la dejé como estaba, como un testigo mudo de lo que había sido nuestra relación. Contraté a una empleada para que fuese a limpiar una vez al mes, pero yo nunca más había vuelto a pisar aquel lugar. En medio de un mercado inmobiliario paralizado, estuve dos años esperando alguna llamada para poder deshacerme de todo aquello, luego simplemente olvidé de su existencia hasta que a los cinco años de aquella noche en la que Juana se marchó, recibí su llamada.

     «Es un conocido de papá, sus hijos se casaron y quiere buscarse un lugar más pequeño donde pueda vivir con su esposa. Mañana me tomo el primer vuelo para ahí, podríamos juntarnos a tomar un café y luego ir hasta la casa a ver que podemos hacer con las cosas. ¿Te parece?» decía Juana, como si nunca se hubiese ido. Lo decía con la misma naturalidad con la cual me hablaba cuando estábamos juntos. Le acepté la idea de ir a la casa, pero rechacé el café, no quería sentarme a hablar de nuestras vidas, prefería terminar con todo de una vez. 

     Eran las nueve de la mañana de un sábado, me encontraba en mi auto, afuera de la casa, esperándola. Siempre había tenido la manía de querer hacer las cosas temprano, yo en cambio, no paraba de bostezar y le daba sorbos a mi café, intentando no dormirme. Era una mañana de junio bastante fría. La casa se encontraba en las afueras de la ciudad, en la zona este. Estaba rodeada de árboles, que se movían de un lado a otro con el viento. Sentí el ruido de un motor que se acercaba por detrás en la calle de tierra que pasaba frente a la morada. Miré por el espejo retrovisor y vi un auto rojo acercándose y estacionando detrás de mí. Del auto bajó una mujer alta, con un tapado blanco, utilizando gafas de sol. El cabello le daba por la cintura, estaba mucho más largo que la última vez que la vi. Se quedó un rato contemplando la casa, luego emprendió marcha hacia mi auto. Me bajé, sentía frío, me dolían los huesos, no se si por el clima invernal o por estar parado frente a ella luego de tanto tiempo. 

     —Bueno. ¿No me pensás saludar? —dijo sonriendo. 
     —Perdón, es que es tan raro verte después de todo este tiempo.
     —Si, es verdad. ¿Cuánto fueron? ¿Cinco años?
     —Cinco años, dos meses y cuatro días —dije, y luego me di cuenta que sonaba un poco tonto al saberlo con exactitud.
     —¡Vaya memoria! Como siempre. ¿Vamos a entrar? Me congelo.

     Abrí la puerta y la dejé pasar primero, llevaba una cartera marrón, que dejó sobre un escritorio que estaba en el vestíbulo, dejó allí también sus lentes de sol. Era una casa de dos plantas, abajo estaban la sala, el comedor, la cocina, un baño y el vestíbulo donde comenzaban las escaleras hacia el piso superior donde habían dos dormitorios y un baño. Juana se sacó el abrigo y lo dejó en un perchero al costado de la puerta principal. Llevaba puesta una remera negra de manga larga, bastante ajustada y unos jeans blancos. La quedé observando un rato, mientras ella contemplaba las escaleras sin decir nada, miré sus curvas, recordé cuando pasaba mis manos sobre ellas, nunca una mujer me había atraído tanto, tenía un lindo cuerpo aunque no era nada extravagante, sin embargo había algo en ella que me atraía demasiado.

     —Es tan extraño volver después de tanto tiempo —se dijo en voz baja, luego me miró e hizo una mueca con los labios, la misma mueca que hacía siempre que algo le dolía y se sentía desanimada. Trató de sonreír, pero sus ojos no la acompañaron, estaban apagados, sin brillo, parecía esa risa que das cuando te están despidiendo del trabajo y tratas de mantener la calma.
     —Lo es, pero ya estamos acá, tenemos que ver que vamos a hacer con estas cosas —comenté.

     Nos fuimos hacia el living, donde estaban un sofá negro, un par de sillones y la mesa, donde solía estar la televisión. Al entrar comencé a recordar nuestras tardes de domingo allí sentados, abrazados, mirando películas. Miré los sillones, y la alfombra, recordé todas las veces que hicimos el amor en aquella habitación, también recordé algunas peleas.

     —¿Te acordás cuándo nos quedábamos horas en ese sofá? —me preguntó, como si pudiese leer mis pensamientos.
     —Si, recuerdo mirar películas abrazados —dije.
     —Se me vienen a la mente mil memorias.
     —Si, a mi también, es como si cada rincón tuviese un recuerdo, o varios, no lo se explicar. El sofá, los sillones, la alfombra.
     —Mejor no hablemos de lo que pasó en esa alfombra —me interrumpió y luego me guiñó el ojo.

     Ninguno quiso quedarse con nada, acordamos que contrataríamos un camión para que se lleve las cosas y las donaríamos a alguna ONG. Continuamos la recorrida por la cocina, donde hablamos de como apenas la usamos dado que a ninguno le gustaba cocinar, vivíamos prácticamente del delivery. Con cada comentario que pasaba nos distendíamos más, entrábamos en confianza y todo se sentía extraña y dolorosamente familiar, como si nunca hubiese pasado el tiempo. Incluso cuando vimos las cosas del baño bromeamos sobre la vez que intentamos tener sexo en la ducha y Juana terminó con un desgarro en el muslo. Parecía que nunca se hubiese ido, parecía que en aquella casa el tiempo se hubiese detenido durante cinco años y aquel día se hubiese puesto en marcha otra vez. Juana de a ratos sonreía y me miraba con sus ojos, que ahora brillaban, parecía que estuviese mirando un monumento, parecía que estuviese fascinada con lo que veía, sin embargo yo no era nada especial ni nada admirable, pero ella me miraba así, y nunca otra mujer me miró de la misma forma.

     —¿Por qué te fuiste? Nunca lo entendí —le dije de la nada. Estábamos en nuestra antigua habitación, la cama de dos plazas estaba tendida, como si siempre hubiese estado esperando nuestro retorno. En las paredes aún quedaban fotos de nuestros viajes por el mundo, todo estaba en su lugar, nada había cambiado.
     —Vení —dijo mientras se acostaba en la cama, en el lado que siempre había sido su lado,— creo que tenemos que hablar.
     Me acosté a su lado y la miré a los ojos por un rato, sus labios, rosados y carnosos, estaban a pocos centímetros de los míos, me pregunté si sus besos se sentirían igual que antes.

     —Me fui porque pensaba que no quería esta vida, era muy perfecta y yo sentía que quería un cambio —dijo, cambiando la mirada hacia abajo.— Estaba segura que sería feliz si me alejaba de todo, pero con cada paso que daba me sentía más miserable que antes.
     —¿Por qué no volviste? ¿Por qué no dijiste nada? —pregunté atónito, no esperaba esa respuesta de ella, siempre había imaginado que su vida sin mí era perfecta, que tendría todo lo que siempre había soñado.
     —Pensaba que me odiabas. Te rompí el corazón en mil pedazos. Me fui de un momento a otro, pensé que no querrías verme más —dijo con los ojos mojados.
     —Si, tu partida me devastó. Se sintió como si alguien arrancara un pedazo de mí. Fue una de las cosas más duras que me tocó superar. Te odié, luego te extrañé, luego volví a odiarte, y así estuve por meses. Estuve mal, salía con otras chicas y me sentía vacío por dentro, sin esperanzas de volver a construir algo como lo que teníamos. Todo era caos, hasta que un día me levanté y me di cuenta que ya no dolía, ya no te odiaba ni tampoco te extrañaba, no sentía nada. Creo que necesitaba tiempo, y al final entendí que tampoco estábamos bien, peleábamos mucho durante las últimas semanas. 
     —Si, lo se. No digo que estuviésemos bien, pero haberme ido es algo de lo que me arrepiento todos los días. Yo estaba ahí, lejos de todo, cumpliendo mis sueños, logrando metas que me había propuesto, pero me daba cuenta que cada vez que lograba algo miraba hacia un costado esperando que estuvieses ahí conmigo. Te extrañé desde el primer día —confesó mientras un par de lágrimas contorneaban sus mejillas blancas.
     —¿Hasta ahora?
     —Si, aunque siempre estaba la duda de como iba a ser volver a verte. No sabía que era de tu vida, ni si estabas con alguien más.
     —No, no hay nadie en este momento —dije, mientras miraba sus labios otra vez.
     
     Nos quedamos acostados mirando al techo unos quince minutos, ninguno habló, lo único que se escuchaba eran nuestras respiraciones. Me giré hacia su lado, ella hizo lo mismo y nos quedamos mirando. Sentí algo en el pecho, algo que hacía tiempo no sentía. Miré su cuerpo, sus labios, sus ojos, todo me invitaba a acercarme más.
     
     —Es tan raro — dijo, interrumpiendo mis pensamientos,—  siento como si el tiempo no hubiese pasado nunca. Es como si me hubiese ido a Brasil pero nada de eso hubiese pasado. No recuerdo como fue nuestro último día juntos, ni tampoco se como fue nuestro último beso, ni la última vez que hicimos el amor. En un momento estaba abrazándote y de repente estaba en otro país, con otro trabajo y con otra vida. Pero todo eso, esos cinco años, se sienten como si fuese un sueño, es como si acabara de despertar de golpe.
     —Nuestra última vez fue acá, en esta cama, la noche anterior a tu partida. Luego de que terminamos, nos fuimos a dormir, pero te escuché llorar, intentabas hacerte la dormida, pero no podías disimularlo, sabía que algo andaba mal. Al día siguiente me lo contaste todo en aquel bar.
     —Perdón por todo eso.
     —Ya pasó, ya lo superé, no tiene sentido pensarlo ahora.
     —¿Me extrañaste?
     —Al principio si, luego dejé de hacerlo, tu te fuiste, no me quedaba otra que olvidarte.

     Nos quedamos mirándonos otro rato más, en silencio. Volví a pensar en sus labios, y en como se sentiría besarlos. Se lo dije.
     —Me pregunto si besarte se sentirá como antes —dije mientras me acercaba a su boca.
     —Que bueno, porque yo también me pregunto lo mismo —dijo casi suspirando y acercó sus labios y los apoyo en los míos. Comenzamos a besarnos muy suavemente, sentía sus labios tibios y mi corazón empezaba a latir más fuerte. Sentí su lengua jugando con la mía y mientras comencé a acariciarle la espalda, la cintura y sus muslos. Comenzaba a suspirar cada vez más fuerte, comencé a besarle el cuello y soltó un gemido. Nos fuimos desnudando de a poco, casi sin despegarnos, no podíamos dejar de besarnos, era como si nuestros cuerpos estuviesen invadidos por un magnetismo que estuvo dormido durante años. Hicimos el amor, lo hicimos como si fuese nuestro último día en la Tierra, como si luego de esa vez todo dejara de existir. No se cuanto tiempo estuvimos haciéndolo, era como si esa habitación fuese un universo paralelo donde el exterior no tenía efecto, afuera era invierno y hacía frío, pero adentro todo era calor. Terminamos y nos quedamos abrazados, nuestros cuerpos sudaban mucho.

     —¿Seguís preocupado por el sistema de transporte que usan en Etiopía? —me preguntó mientras la abrazaba.
     —¿Eh? ¿Por qué esa pregunta? —dije, un tanto confuso.
     —Es que me estaba acordando de cuando vivíamos juntos y siempre te interesabas por temas raros. A mi me aburrían, pero siempre me maravillaba con que supieras esas cosas que para el resto del mundo pasaban de ser percibidas. Nunca nadie más me comentó del sistema de transporte de Etiopía.
     —Bueno, siempre me gustaba saber esas cosas. Vos también tenías tus particularidades, cosas que me encantaban.
     —Éramos el uno para el otro —suspiró mientras miraba al techo. Luego me besó, estuvimos besándonos durante varios minutos, como si fuese lo único que supiésemos hacer en esta vida. Tuvimos relaciones una vez más, parecía que no queríamos que terminara ese momento.   

     Después de un par de horas de pasión, nos pusimos nuestras ropas y comenzamos a recorrer la casa de nuevo. Por momentos la abrazaba y quedábamos de pie, sin movernos, yo con mis brazos alrededor de su cintura y ella con la cabeza apoyada en mi pecho. 

     —Quiero mirar todo una última vez, quiero guardar en mi mente cada detalle, cada rincón de esta casa. Quiero guardar cada rincón de tu cuerpo también, quisiera nunca más olvidar todo esto —me dijo con los ojos en lágrimas. 
     —Yo tampoco quiero olvidar nada —le respondí. Me preguntaba que pasaría luego, que sería lo siguiente. ¿Volveríamos a vernos? Nuestras vidas habían cambiado tanto que ni siquiera sabía como procesar todo aquello. Solo había una cosa de la que estaba seguro, lo que sentíamos no tenía comparación con nada, era algo tan fuerte que quemaba. 

     El camión iría a buscar las cosas al día siguiente, nos llevamos las fotos que encontramos solamente. La acompañé a su auto, nos besamos una vez más, no quería dejarla ir, pero tampoco sabía como decirle que se quedara. Creo que por su mente pasaban los mismos pensamientos porque cada vez me apretaba más contra ella.

     —Me gustó verte. Te voy a extrañar, prometeme que te vas a cuidar —dijo Juana en voz baja.
     —Lo prometo —le respondí.
     —Si algún día vas a Brasil, buscame y podemos tomar ese café que te pedí, nunca me lo aceptaste —comentó.
     —Me parece bien, aunque prefiero volver a hacer esto que tomar un café.
     —Opino igual, pero aún así, me gusta hablar contigo también. Me tengo que ir —y se subió a su auto.


     Volví hacia mi vehículo y miré como ponía en marcha el motor del suyo, noté como una vez más caían lágrimas en su mejilla. Maniobró para poder salir por el mismo lado por el que vino. Hacía frío de nuevo, sentía como se me congelaba todo el cuerpo, o tal vez era esa sensación de ver una vez más irse a la mujer que amo.

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