Cualquier semejanza con la realidad puede que no sea mera coincidencia

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lunes, noviembre 9

El loco

     El loco iba caminando, siempre con la mirada baja y una pila de hojas bajo su brazo. Era alto y tenía el cabello largo y desaliñado, las canas ya cubrían gran parte de su cabeza. Nadie sabía exactamente su edad, algunos decían que rondaba los sesenta años. Sus ojos eran oscuros y grandes, tenía una mirada profunda, aunque rara vez miraba a alguien a los ojos, por lo general iba de un lado a otro mirando al suelo. Vestía siempre jeans, zapatillas negras de lona, y una camisa blanca. Pertenecía a un pabellón donde estaban las personas depresivas pero no violentas.

     En la habitación del loco había una cama, no compartía el cuarto con nadie, tenía un escritorio lleno de hojas en blanco y una pluma negra que usaba para escribir cuando se sentía inspirado. Las paredes solían ser blancas, pero ahora se encontraban cubiertas casi en su totalidad por cartas o notas con una caligrafía muy delicada y suave, todo lo contrario a las notas del loco, que eran poco legibles en el primer intento. A los pies de la cama descansaba una guitarra negra, al loco le gustaba tocar canciones de los Beatles de vez en cuando, no era su banda preferida, pero siempre recuerda como ella le pedía que tocara esas canciones todo el tiempo. «Me pedía que tocara todo el Álbum Blanco, de principio a fin. ¿Se imagina lo difícil qué es eso? Al principio era un desastre, sin embargo ella sonreía y decía que sonaba hermoso,» contaba un día el loco a un enfermero que venía a entregarle su medicación.

     «Serían aproximadamente dos mil quinientas hojas, entre cartas y poemas. Aunque muchas veces empezaba a escribir algo y lo tiraba porque me acordaba que ya le había dicho eso hace un mes. Usted verá que escribirle a una mujer a veces es complicado» le decía tranquilamente a un médico que miraba con asombro las hojas que llevaba siempre consigo. El loco comía poco y rara vez dormía, cuando no estaba caminando por los pasillos de la clínica, se encontraba escribiendo o tocando la guitarra, algunas otras veces se sentaba en el patio y cerraba los ojos mientras los rayos de sol le iluminaban las arrugas que el pasar del tiempo le había dejado en la cara, otras veces se iba hasta entre los árboles a fumar en silencio.

     Una vez alguien le preguntó a quien le escribía tanto, y con los ojos en lágrimas decía «a la Luna, dijo que un día iba a venir a buscarme, yo la estoy esperando», aunque en los registros nunca figuró una tal Luna, ni ninguna mujer que lo haya visitado, llamado o escrito algo. Todas las cartas que tenía las había traído el primer día. «Ella era hermosa, blanca, muy blanca y con los ojos grandes como dos faroles. Usted sabe que de todas las mujeres con las que he compartido el lecho, ninguna me volvió tan loco como ella. Yo era feliz cuando la tenía entre mis brazos, yo la amaba, pero ese amor luego se volvió mi infierno. Ah, mi padre me decía "hijo, el amor es cruel, usted le da el corazón a una mujer y ella lo primero que hace es exprimirlo." Yo pensaba que eran sandeces, el viejo, que en paz descanse, vivía solo y amargado, yo pensaba que era su rabia hablando por él, pero verá que siempre tuvo razón», se lo escuchó decir una vez en el comedor, mientras jugaba con el puré de manzanas que acompañaban a las milanesas que servían ese día.

     En las mañanas de primavera, solía escribir en el patio, sobre una mesa que estaba al lado de una fuente de piedra gris, «me gusta este lugar, porque me recuerda a la plaza donde nos dimos nuestro primer beso, una fría tarde de otoño, nunca me había sentido tan nervioso en mi vida, y sabrá usted que a mi las mujeres nunca me intimidaron, pero ella tenía algo distinto, era como estar al lado de un astro, tenía luz propia, y de tanta luz terminé ciego y quemado,» le explicaba a un jardinero que podaba un arbusto a su lado.

     «Ella me dejó cuando más la necesitaba, o eso creía yo. Usted verá que el amor es una cosa, es algo lindo, algo que usted disfruta y siente plenitud en el alma. El amor es tibio, no quema, pero agrada. Esto que me pasaba era deseo, era algo más peligroso que el amor. Era algo que quemaba por dentro, que hacía arder el estómago y temblar las piernas. Tocar su piel era algo que anhelaba día y noche, adoraba su cuerpo desnudo junto al mío, la extrañaba al punto del desespero. Cuando estábamos juntos explotábamos, éramos una bomba, o un puñal, algo que lastima, pero lo peor es que uno disfruta mientras la herida va creciendo. Aquello, que nosotros decíamos hacer el amor, no era amor, era cruel, era egoísta y nos estaba matando. Ella se dio cuenta antes y se marchó sin ningún rasguño, pero yo ya estaba condenado. La lloré mil noches, no lo entendía, mi vida se sentía mejor sin ella, sin embargo la necesitaba. Creo que de todas mis adicciones, esa mujer era la más grave. Verá que yo fumo de vez en cuando y también me gusta tomar, pero esto es distinto, mire como terminé», respondió un día a un psicólogo que quería saber más sobre las cartas. El loco miraba al terapeuta y de ratos le daba una calada a su cigarrillo. «Y ahora me tiene acá, escribiendo mil cartas que no son mías, porque son suyas. Ella se llevó todo lo que tenía y aún veinte años después lo sigue haciendo. No hay día en el que no intente escribir otra cosa, pero siempre, todo, termina siendo algo sobre ella» decía y luego le daba otra calada a su cigarrillo. Soltaba el humo muy despacio, con desgano y suspiraba.

     El loco murió sereno, en una noche de Luna llena. Tenía la ventana de su habitación abierta y los rayos color plata le iluminaban el rostro, que por fin demostraba alivio. Entre sus manos encontraron una última carta, sin terminar, dedicada a esa misma mujer que lo había atormentado y enamorado por tantos años. El loco terminó su vida siendo eso, un loco. Cuando limpiaban su habitación, contaron tres mil once cartas y ochocientos seis poemas. Habían rumores que decían que esa misteriosa dama era su primer amor, otros contaban que era una mujer casada y por eso la relación era tan inestable y cruel, algunos decían que el loco era quien estaba casado, a pesar de los rumores nadie sabía la verdad. Luna pasó a ser una leyenda urbana entre los pasillos de la clínica y el loco el recuerdo de que a veces el amor cuando no se muere, mata.
   

     Lo sepultaron en las afueras de la ciudad, ningún familiar pudo ser contactado, por lo tanto su velorio fue corto y solo fueron algunos funcionarios que lo recordaban con cariño. Dicen que cada año, en alguna fría tarde de otoño, aparecen flores blancas junto a su lápida, flores blancas como la Luna. 

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