Cualquier semejanza con la realidad puede que no sea mera coincidencia

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domingo, diciembre 1

Historias: Libre

     Francisco cerró los ojos y recordó su infancia, recordó cuando todo era un poco más simple y hasta más hermoso. Su mente se transportó hasta cierto día en el cual bajo un árbol, protegido por su sombra, una calurosa tarde de verano, escuchó algo majestuoso. Ante sus oídos eran entonadas una sucesión de bellas notas, casi perfectas, para él era la melodía más maravillosa de todas, algo que nunca más volvió a escuchar. 
     Francisco se levantó y comenzó a caminar en busca de la fuente de tal maravilla. Caminó varios metros y quedó perplejo observando a un pequeño pájaro de color dorado. Era increíble como un animal tan pequeño podía entonar algo tan grande, tan imponente. Intentó acercarse un poco más, pero el ave salió volando y la perdió de vista. Fue envuelto por el silencio, pero aún así no paraba de sonreír, estaba anonadado por todo aquello.
     El joven abrió los ojos y volvió en si, su viaje al pasado había terminado y caía otra vez en la cotidianidad, en lo monótono que era su vida. Estaba ahí, en su oficina, sentado, tecleando y calculando impuestos de una multinacional que ni siquiera sabía de su existencia. Francisco no pasaba de un número de empleado, una cifra, algo que era facturable en horas, no importaba si estaba inspirado o no, ni tampoco si se sentía feliz, allí importaba que los números cerraran al final del mes. Allí nadie le preguntaba por sus sueños, ni por sus metas, allí era uno más, un número más entre los miles que tecleaban al mismo tiempo. El sonido de las teclas y de los clicks que hacían los ratones formaba una especie de melodía, pero a diferencia de la sinfonía del ave dorada, este sonido causaba miedo, pánico de morir en ese círculo vicioso en el cual se había convertido su vida. 
     Francisco no lo notaba, pero algo en su interior estaba cambiando y de a poco empezaba a florecer en su exterior. Hacía meses que no se cortaba el pelo y ya no le importaba andar presentable. Sentía que usar ropa cara, estar prolijo y arreglado era ocultar su esencia. Sentía que aquello era ponerle una linda máscara a todo el vacío en el cual se encontraba sumido, era fingir algo que no existía, como su sonrisa todas las mañanas al llegar a la oficina.
     Tecleaba sin parar, como de costumbre, cuando sintió un impulso repentino. Se puso de pie y caminó hasta la puerta, sin decir nada, se fue. 
     Salió del edificio y fue encandilado por la luz del Sol, que le dio de frente. Se sacó la corbata, los zapatos y las medias, y los dejó en un cesto de basura. Caminaba y sentía como si estuviera despertando de una larga siesta, de un sueño profundo que había durado años.
     Miró al cielo y vio algo que lo dejó perplejo, aquel pequeño pájaro que lo había maravillado de niño se encontraba dando vueltas sobre él, revoloteando, como invitándolo a vivir la vida, por primera vez. 
     Francisco comenzó a seguir al pequeño animal, sabiendo que por fin empezaba a tomar riendas de su destino, sabiendo que por fin volvía a escuchar la sinfonía perfecta, aquel sonido que uno escucha al nacer y luego lo vuelve a escuchar pocas veces en la vida, solamente cuando uno siente que va por el camino correcto. Era libre.
     

martes, octubre 22

Historias: Amanecer

   Esto ocurrió cuando el mundo era distinto para mí, para vos y para nosotros. Yo era más joven e inocente, tenía el corazón roto y nadaba en un mar de cicatrices, y cometía el error de querer mostrarlas. Vos en cambio bailabas la sinfonía del aburrimiento y sonreías un poco menos. 
"Nunca vi un amanecer, al menos no uno que me haga sentir viva", dijiste. Yo estaba preocupado por recomponer pedazos de un artefacto que ya no tenía arreglo, no de la manera que intentaba repararlo, y no te presté atención. Fue ese mi primer error, mirar al lugar equivocado, o a la persona equivocada.
     Pensá en un amanecer y en todo el simbolismo que lo envuelve. Pensá que significa renacer, volver a la vida y creo que era eso lo que necesitaba. Pero mientras vos pensabas en el alba, yo estaba viviendo la peor noche de mi vida. Fue esa falta de sintonía, esa leve desincronización la que no nos trajo el Sol en aquel momento.
     En febrero aparecieron por primera vez estrellas en mi cielo, luego de una niebla oscura que cubrió la madrugada fría que tuve que soportar. Fue cuando en medio de esa leve claridad que amainaba, que te noté, pero no te traje el amanecer que anhelabas.
     Dicen que antes de que amanezca siempre todo se vuelve muy oscuro, ese exacto segundo antes de que la vida nos regale un poco de luz, uno tiene que vivir la oscuridad máxima, la que parece no tener salida. 
     Dura una fracción de segundo, pero uno siente como si fuese una eternidad, algo que no parece tener fin, algo que llega y se estanca en tu cabeza y te martilla, te golpea y te lastima. Supongo que gracias a eso uno valora más los primeros rayos de Sol que te llegan en un momento particular, inesperado, así, sin avisar, como llegaste vos.
     Es que luego de tanta oscuridad, al fin entendí que lo que seguía era el amanecer, esa luz absoluta que te envuelve, te entibia y te hace sentir vivo otra vez.
     En ese momento de plenitud fue cuando nuestras miradas se cruzaron, fue cuando te volviste a preguntar por el amanecer y cuando yo pude entender que era lo que significaba, fue ahí cuando me acerqué, cuando te acercaste y nos acercamos.
      Y fue mirándote a los ojos que comprendí que no necesitábamos palabras, todo lo que nos queríamos decir era transmitido con el sonido de nuestras respiraciones, fuertes y sincronizadas; con el calor de nuestras pieles cada vez que nos tocábamos y con la suavidad de nuestros labios al besarnos. Fue en ese momento, en aquel exacto lugar, que comprendí que eras todo lo que necesitaba. Fue en ese exacto momento que para nosotros amaneció.  

jueves, octubre 10

Historias: Búsqueda

Aún recuerdo el día en el que todo se volvió confuso, aún recuerdo el momento en el cual sentí que algo colapsaba en mi interior. Aún recuerdo el sonido de los pasos que mi sanidad hizo al marcharse, y también recuerdo el grito de mi razón, gritaba tu nombre pero nadie parecía escuchar. Aún recuerdo el momento en el cual dejaste de existir, posiblemente para siempre.
     
     Desperté esa mañana pensando que sería un día normal, un típico domingo. Había sido una semana bastante agotadora, el trabajo era un caos y sentía que todo se iba desmoronando sobre mí. Sentía que estaba jugando a una especie de ruleta rusa con la vida y solo necesitaba un detonante que hiciera que la única bala que giraba en ese tambor saliera disparada.
     Sin embargo no todo era malo, aún estabas vos. Aún tenía tu sonrisa que me iluminaba. Aún tenía tus besos que como por arte de magia borraban todos mis problemas. Aún tenía tu mirada, aún tenía tus brazos que me sostenían con fuerza cada vez que me caía. 

     Estaba nublado, me dirigí hasta la cocina y me quedé contemplando por la ventana mientras bebía el café más amargo que había probado en mi vida. Es cierto que desde que te conocí lo bebía sin azúcar, porque era así como te gustaba a ti, y eso me hacía sentir que te tenía más cerca. Pero por algún extraño motivo ese día tenía un sabor más amargo, más fuerte, como anunciando el golpe que recibiría en cualquier momento. 

     Pensaba en que en tan solo unas horas te vería y eso me hacía sentir mejor. No quería pensar en otra cosa, todos los problemas que me azotaban parecían lejanos cuando ocupaba mi cabeza contigo, con tu imagen, casi podía sentir tu aroma al cerrar mis ojos. Suspiré, volví a abrir los ojos y miré la taza. 

     Fui interrumpido por el ruido del teléfono que comenzaba a sonar en el living. Dejé mi café a medías sobre la mesada y fui corriendo a ver quien podría estar llamándome un domingo a la mañana.
     —Hola —dije al levantar el tubo.
     —¡Hermanito! ¿Cómo estás? —exclamó una voz chillona del otro lado de la línea.
     —¡Ah! ¡Gimena! Tanto tiempo, hace días que no se nada de vos. Estoy bien. ¿Vos? —Gimena era mi hermana mayor, me llevaba tan solo un par de años de diferencia.
     —Acá ando, pensaba en ir al cine hoy. ¿Querés ir?
     —¿A qué hora? Pensaba ver a Mariana un rato, pasé toda la semana sin verla.
     —¿Mariana? ¿Qué Mariana? ¿¡Estás saliendo con alguien y no me contaste!? —exclamó asombrada.
     —¿Me estás jodiendo? Mariana, tu mejor amiga. Me la presentaste vos.
     —Franco, dejá las drogas, te están haciendo mal. No tengo ninguna amiga llamada así, y si tuviera no te la presentaría. ¡Sos un buitre, nene!
     —No entiendo lo que me decís. Si me estás haciendo una broma, no es para nada graciosa.
     —No, no te estoy jodiendo. Quien está para la joda sos vos. Cuando te decidas si vas o no avisame —y luego de eso colgó.

     Me quedé inmóvil por un rato, no entendía nada de lo que había sucedido. Gimena y vos habían sido amigas desde hacía mucho tiempo, eran compañeras en la facultad. A pesar de eso, yo te veía pocas veces y siempre eran encuentros breves, hasta que un día, en un cumpleaños de mi hermana, tuvimos la oportunidad de conocernos mejor. Luego de un tiempo comenzamos a salir y desde hacía un par de meses éramos novios. 

     Luego de eso volví a la cocina, mi café se había enfriado y afuera había comenzado a llover. Fui hasta la computadora y decidí escribirte un mensaje para pactar a que hora nos íbamos a ver. La broma de mi hermana seguía dando vueltas por mi cabeza. Comencé a redactarte algo, cuando terminé y me propuse a enviarlo fui alertado por el sistema, me decía que el contacto al cual quería escribir no existía. Pensé que se trataría de un error, comencé a buscarte entre mi lista de contactos y de hecho no existías, no estabas. Por un momento me pregunté si mi hermana sería capaz de meterse en mi cuenta y borrarte, pero pensé que sería demasiado enfermizo llevar una broma hasta tal punto.

     Me levanté de la silla y caminé por la habitación pensando que podría estar sucediendo, trataba de razonar pero no me explicaba como podías no estar allí. Miré a mi teléfono móvil que estaba reposando sobre la mesa de luz y me decidí a llamarte, sería más rápido y directo, no se porque no lo hice como primer opción. Disqué tu número, pues lo sabía de memoria, noté que no aparecía tu foto en la pantalla del mismo ni tu nombre, tan solo una cadena de números, tú número. Me llevé el celular al oído y escuché algo que me dejó helado, la operadora decía "el número al que usted llama no es correcto, verifique o solicite..." Colgué y empecé a buscarte en mi agenda, pensando que tal vez, por primera vez, había discado mal tu número, no estabas. Creo que fue ahí cuando comenzó a desmoronarse todo.

     Entré en pánico, me puse a buscar por mi móvil fotos tuyas, o nuestras, y tampoco había nada. Era como si no existieras, pensaba que era una broma bastante macabra a esta altura. Luego observé que era imposible que alguien pudiera acceder a mi teléfono y borrar tu número de mi agenda, y tampoco podía llamarte directamente, es que tú móvil no existía. 

     ¿Qué pasaría si de verdad no existieras? ¿Era acaso todo un sueño? ¿Eras vos algo de mi imaginación? ¿Te habría soñado yo? ¿La situación actual era lo irreal? Muchas preguntas así pasaron por mi cabeza en una fracción de segundo.

     Salí de casa, no llevaba paraguas y afuera llovía a cántaros. Sentí las frías gotas que me pegaban en la cara y en mi pelo, sentía como escurrían por mi nuca. Caminé unos pasos, sin saber exactamente hacia donde me dirigía. Al alejarme unos metros comencé a correr, tenía que ir a tu casa, tal vez estarías allí. Me moví por las exactas cuarenta y tres cuadras que nos separaban y llegué a la escena que me haría caer definitivamente. Allí, donde antes estaba tu casa no había nada, solo un terreno vacío entre dos edificios.

     Caí al suelo, me detuve ahí, de rodillas y comencé a gritar desesperadamente. No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Si aquello era un sueño solo quería despertar y poder abrazarte de nuevo.

     Los días siguientes fueron intensos, tratando de disimular mi inestabilidad mental fui descubriendo que nadie te recordaba, nadie te conocía, nadie sabía que existías. 

     Por tres semanas me encerré en casa y evitaba a toda costa cualquier contacto humano. Me sentía extremadamente cansado pero a pesar de eso no podía dormir, no podía cerrar ojos, cada vez que intentaba hacerlo tu imagen me invadía y sentía una fuerte presión en el pecho y ganas de vomitar y maldecir al mundo. Habría dado todo con tal de poder tenerte o de por lo menos recuperar mi sanidad por un momento y pensar claramente las cosas. 

     Cuando por fin pude salir y ver la luz del Sol otra vez, me dí cuenta de que ya no podía sonreír. Mi cara estaba muerta, inerte, inexpresiva. Muchas personas me preguntaban si algo sucedía conmigo y yo atinaba a responder con monosílabos, no podía decirles la verdad, nadie me creería. A veces hasta dudaba de si de verdad habías existido o eras solo una especie de sueño intenso que tuve. Pero luego recordaba tus besos y sabía que eran reales. Me acordé de un día en el cual esperábamos un ómnibus juntos, en realidad yo te acompañaba, la que te ibas eras vos. Nuestras despedidas siempre eran largas, estábamos más de una hora, sin exagerar, abrazados. Pero ese día se sintió especial, ese día bajo la lluvia que caía sobre nosotros te abracé pero fue algo distinto. Cuando sentí tu cabeza recostada en mi pecho, mis brazos que te rodeaban y el aroma de tu cabello algo raro sucedió; el tiempo se detuvo. Allí mismo, bajo aquella parada mientras la lluvia nos mojaba, todo se congeló. Fue una fracción de segundo pero para mi duró una eternidad, fue el momento exacto en el cual empecé a sentir la magia. Hubo silencio, un silencio que no fue incómodo, al contrarió, se disfrutó, parecía que nos entendíamos sin decir una sola palabra. Nos dijimos muchas cosas sin decir nada. Fue ese el momento en el cual me empecé a dar cuenta de que te verdad te amaba. Me estaba enamorando de vos, perdidamente.

     Enamorarme, es gracioso, con el corazón tan destrozado pude volver a sentir algo así por alguien, y fue contigo. Vos terminaste de repararlo, creo que eso pasó. Luego fue trágico que hayas desaparecido, justo en el momento en el cual todo se empezaba a sentir bien. Creo que a la vida no le gusta la calma, trata de devolvernos caos de vez en cuando. 

     No se que te pasó, ni tampoco se donde estarás. Hoy me puse a pensar en si en algún otro universo existirás vos y seré yo el que desapareció. ¿Me extrañarías tanto? ¿Estarías tan desesperada como yo lo estoy? ¿Habrás pasado semanas sin poder dormir? Nunca pude enterarme si también me amabas, porque nunca te confesé lo que sentía. Te fuiste antes de que pudiera hacerlo. También te fuiste antes de que pudiera decirte muchas otras cosas, como que me encantaba cuando te ponías infantil, o cuando te ponías a cantar cosas sin sentido. Son cosas que carecen de coherencia, pero son cosas que sentía y pensaba, y nunca te las hice saber. 

     Siento que no debería aceptar esto, no debería quedarme con un mundo sin vos, porque un mundo así se siente horrible, es una mierda. Esto no fue algo que ni vos ni yo causamos, entonces tengo que hacer algo. 

     Voy a salir a buscarte, se que en algún lado debés estar y en el fondo siento que me vas a estar esperando. No se para que lado partir pero me voy a dejar llevar, como tantas veces me lo pediste, que piense y analice menos y me deje llevar más. No se si me voy a tardar una semana o un año, pero lo haré aunque me lleve lo que me quede de vida. Hasta entonces, cuidate.

viernes, septiembre 13

Historias: El tiempo

—¿La extrañás?
—Claro que si. Todo el tiempo la extraño —respondiste.

     Estabas sentado en el banco de una plaza en el corazón de la ciudad, era un día ventoso, gris y frío, muy frío. Tenías puesto tu bufanda, tu sobretodo negro y también guantes. Te gustaba mirar el vapor que salía de tu boca cada vez que hablabas, debido a la notoria diferencia entre tu temperatura corporal y la externa, te hacía recordar a tu infancia, a cuando le decías a tu vieja que eras un tren o un dragón.

     Miraste las nubes que cubrían el cielo en su totalidad, te preguntaste porque no habías aprovechado más los días de Sol hermosos que hubieron la semana anterior. Estuviste trabajando sin descanso, entrabas a las ocho y salías cuando el cielo ya se estaba oscureciendo. Solo te enterabas de lo maravilloso que estaba todo afuera por la pantalla de tu computadora y el pequeño indicador de temperatura con un Sol dibujado que aparecía en la ventana del navegador.

     Te preguntaste también cuantos libros tendrías acumulados en casa esperando a ser leídos y cuantas canciones que tenías para escuchar y poder disfrutarlas junto a un buen cigarrillo, o algún té. 

—¿Tenés un cigarrillo? Quiero fumar algo —dijiste.
—Claro, servite —te respondió quien estaba a tu lado mientras te extendía una cajilla roja repleta de tu ansiado calmante.

     Encendiste tu cigarrillo y le diste una calada, sentiste el aire cargado entrar a tus pulmones y exhalaste el humo luego de una breve pausa. Habías empezado a fumar hace un par de años, a causa del estrés que te provocaba tu ambiente laboral. Tenías que tomar decisiones importantes todo el tiempo y no sabías como manejar tantas cosas a tus tan cortos veintitrés años. Ahora tenías veinticinco y tampoco sabías como hacer para equilibrar todo.

     Te pusiste a pensar en que estaría haciendo ella, la mujer que amabas. Te preguntaste si te estaría esperando en casa con el reproductor de la televisión en pausa, pronta para mirar su serie preferida, acompañados por un par de cervezas. Te gustaba hacer eso y abrazarla fuerte y sentir el aroma de su cabello. Te sentías protegido cada vez que la tenías entre tus brazos, era raro porque ella decía exactamente lo mismo, que tu la hacías sentir protegida. 

     La habías conocido en una librería mientras buscabas un regalo para tu hermana. En cierto momento te diste cuenta que estaban los dos mirando al mismo libro y riéndose de lo gracioso que sonaba el título. Fue una escena tan tierna como infantil a la vez. Se miraron a los ojos y de cierta manera supiste que ella era especial. Tenía una mirada distinta a cualquier otra mirada que hayas visto en tu vida y según ella esa mirada era provocada solamente por tu presencia, de eso te enteraste meses después, cuando empezaron a salir.

     Volviste a pensar en tu trabajo y en cuantas cosas habías dejado por la mitad, todo iba a ser un caos el lunes siguiente. Ya te dolía la cabeza de solo pensarlo. Te agotaba demasiado, pero por alguna razón no podías dejar de hacerlo. Soñabas con un día renunciar e irte de viaje por el mundo y conocer cosas nuevas, explorar y encontrar la felicidad que tanto anhelabas. Pero no podías, simplemente te costaba renunciar, a pesar de que esa idea era cada vez más tentadora. No sabías si era por el miedo o falta de agallas, o por las dos cosas juntas.

     Tenías veinticinco años y ya te sentías con menos vitalidad que alguien de cincuenta, sentías que envejecías deprisa y que el tiempo se te escapaba de las manos. Si, tiempo, esa maldita palabra que se te vivía escapando. Si tan solo tuvieras un poco más de eso seguramente no estarías lamentándote tantas cosas.

     Miraste una vez más a tu alrededor, a los edificios y a los autos que iban y venían por la avenida. Pensaste en cuantas almas andarían por ahí cargando el mismo peso que vos y maldiciendo a todos los dioses. Te preguntaste si quedaría algún alma libre en esa ciudad, o si ya todos estarían enjaulados, castigados por la rutina, tal como tú.

—Bueno, es hora —te dijo tu acompañante.
—Me parece bien. ¿Cómo funciona esto?
—Es simple. En treinta segundos vas a venir por aquella esquina de allá —dijo mientras señalaba a la intersección que se encontraba a tu derecha, a unos treinta metros de distancia, y luego añadió— vas a cruzar la calle distraído, como de costumbre. En la avenida que se cruza, un chofer de ómnibus que viene arrastrando varias noches sin dormir a causa de problemas con su esposa y con sus deudas bancarias, va a demorar en reaccionar ante el cambio de luces en el semáforo. No va a frenar a tiempo y va a seguir de largo, justo en el momento en el que tu estás cruzando. No es su culpa, ni la tuya, son cosas que pasan.
—Me parece bien. Ojalá pudiera decirle una vez más que la amo, me encantaría poder sentir sus besos, sentir sus abrazos, y verla sonreír antes de que pase. Ella era la única que me hacía sentir bien. Ojalá hubiese tenido más tiempo.
—El tiempo, todos me dicen lo mismo.

Y así sucedió, así perdiste la vida en un fatídico accidente de tránsito. Pero quieras o no, para ti la vida se había ido terminando de a poco desde hacía mucho, exactamente desde ese día en el cual empezaste a sentir que necesitabas más tiempo para hacer las cosas y cuando dejaste de hacer lo que te apasionaba, cuando abandonaste tus sueños y te entregaste a la cotidianidad.  

lunes, septiembre 9

Historias: El Camino

     Corrías en medio de los árboles, no sabías a dónde te dirigías, pero sabías que algo estaba por ocurrir. Era invierno y sentías mucho frío a pesar de que el día estaba soleado. Llevabas puesto botas de montaña, jeans oscuros, una camisa y una campera negra.
 
     El bosque se hacía menos espeso y podías sentir los débiles rayos del Sol que se hacían más abundantes a medida que avanzabas. Sentías un ruido raro, que te atraía, te hacía recordar a tus campamentos de verano. Recordabas esas maravillosas tardes junto a tu padre, tardes por las cuales darías todo para volver a repetirlas. Sabías lo que había adelante, aumentaste la velocidad y por un momento volviste a tu infancia. Cerraste los ojos y pudiste ver a tu padre ayudándote con el reel, a tu hermano mirándolos con admiración y tu tío haciendo chistes. Una escena que para cualquier otra persona carecería de sentido, pero para ti era volver a tu esencia, volver a sentirte vivo por una fracción de segundo. Terminaste dando de lleno contra la orilla de un río, con la diferencia de que esta vez no había nadie que te hiciera sentir seguro, te tocaba enfrentarlo solo.

     Te tiraste al agua, la única manera de avanzar era lanzarte al río, enfrentarlo y cruzarlo. Nunca en tu vida habías sentido tanto frío. Mientras dabas brazadas intentando vencer a la corriente tu mente salió de tu cuerpo. Abandonaste por unos segundos a tu materia, te alejaste del frío, de los dedos entumecidos, del dolor en el pecho y de tus extremidades cansadas. Visualizaste en cambio una escena anterior casi tan gélida como la que estabas viviendo.
—A  lo que voy es que no se, no siento que te siga queriendo —dijo ella mientras miraba el té que recién le habías preparado.
—Pero no entiendo, hace dos días planeábamos vivir juntos —respondiste con la voz quebrantada.
—No se, no quiero esto en mi vida. Es algo que decidí hace poco. Vos no me hacés feliz.
—Pero..

     Volviste de golpe y las aguas gélidas golpearon tus huesos haciéndote gritar. Agonizabas pero no te querías rendir, no querías terminar allí, a la deriva de un río, rumbo a lo desconocido. 

     Pudiste cruzar luego de varios minutos y al pararte en tierra firme notaste que ya no sentías frío y que te encontrabas seco. Le restaste importancia a eso, sabías que tenías que continuar. 

     Caminabas por un sendero en medio de los pinos, sentías su aroma fresco en tus narices, el aire puro de ese lugar te llenaba de vida. Luego de un rato de andar divisaste una roca muy grande en medio de un claro. Te acercaste a la roca y viste que encima había dos personas sentadas, dos personas pequeñas. A medida que avanzabas notaste que eran dos niños los que estaban sobre la misma, y a uno lo conocías, eras vos mismo. Te estabas mirando a vos mismo pero con muchos años menos encima, posiblemente a tus seis años. Al lado de tu yo pequeño había una niña de la misma edad, no sabías exactamente quien era, pero sabías bien que habías visto esos ojos soñadores en algún otro lado, posiblemente en medio de muchas luces. Te pusiste más cerca y escuchaste un diálogo.
—¿Sabés dónde está el corazón? —preguntó el niño
—Si, está acá conmigo, siempre nos acompaña —respondió la niña.
—Ah, yo pensaba que el corazón se perdía y que luego aparecía alguien que nos lo devolvía. No se, a veces siento que perdí el mío —dijo el niño.
—Nunca había pensado en eso, pero es interesante. ¿Vamos a buscar nuestros corazones? 
—Si, pero estoy seguro que el mío lo tenés escondido vos —dijo el niño mientras sonreía.
—Y vos el mío, pero aún no es tiempo de que nos lo devolvamos —luego de eso se marcharon ambos y se perdieron en medio de los árboles, mientras tu mirabas sin decir una palabra. 

     Te tocaste el pecho y te preguntaste si tu corazón estaría allí, o si se habría perdido sin que lo notaras.

     Nubes se amontonaban en el cielo y comenzaban a ocultar al Sol, al mismo tiempo que un ventarrón se formaba. Tu cabello, que estaba bastante largo, se movía sin parar y por momentos te tapaba la visión. 

     Seguiste con tu travesía, adentrándote otra vez al bosque, que estaba más oscuro debido a las nubes. A medida que avanzabas otro sonido te llamaba la atención. Sonaba lejano, provenía de entre los árboles. Decidiste seguirlo y averiguar de que se trataba, parecía como una especie de campana que sonaba de manera rítmica sin detenerse.

     Luego de caminar un rato te encontraste con una escena bastante peculiar, ahí, en medio de los árboles, había una cabina telefónica que estaba sonando, ese era el sonido que venías escuchando. Te acercaste y viste que tu nombre estaba escrito en el identificador de llamadas del aparato. Decidiste atender.
—¿Hola? —dijiste
¿No estás seguro de si saludás o no? ¿Por qué preguntás un saludo? —respondió la voz del otro lado de la línea. Era una voz masculina, bastante áspera, como de una persona bastante mayor, un anciano posiblemente.
—Es que no sabía si iba a responder alguien. No se, creo que esas preguntas no vienen al caso —dijiste.
Tenés razón, no es el motivo por el cual te estaba llamando.
—¿Cuál es el motivo?
Se acerca y lo sabés bien, el temblor está a la vuelta de la esquina y tenés que estar preparado  y luego de decir esas palabras se lo escuchó colgar el teléfono, dejándote sin la posibilidad de preguntar o decir otra cosa.

     Saliste del bosque, tenías ante ti una enorme pradera, tan verde y majestuosa que casi te pusiste a llorar. Esa pradera te transmitía cierta alegría, cierta tranquilidad, cosas que no podías describir, solo las podías sentir. Decidiste echarte al suelo y mirar hacia el cielo que volvía a despejarse lentamente. Recordaste tu infancia, cuando solías mirar las nubes y buscar figuras en ellas. Estuviste allí tirado unos cuantos minutos viendo distinta formas, intentando descifrar lo que las nubes te estaban diciendo.
     
     Te levantaste y seguiste caminando en medio de aquella llanura cuando a lo lejos divisaste a una persona, vestida totalmente de blanco. 

     Te fuiste acercando, al estar a pocos metros notaste que era una mujer y que estaba sentada en el suelo con los ojos cerrados, como si estuviera meditando. Cuando te paraste a un par de metros la misteriosa dama abrió los ojos y te habló.
—Te estaba esperando, tengo un mensaje para tí —dijo mientras te miraba a los ojos. Te era familiar, ya la habías visto antes. 
—¿Un mensaje? ¿Qué clase de mensaje?
—Recorriste un largo camino para llegar hasta acá, aún te queda otro poco que recorrer. Tenés que saber que todo lo que sucedió tuvo un motivo, una causa y en breve lo vas a entender. Puede que sientas que perdiste muchas cosas, a muchas personas y que nada vale la pena, pero todo eso se pondrá mejor. Se que la extrañás y mucho aunque ya hayan pasado varios años. Pero la vas a volver a ver porque sus caminos fueron hechos para estar juntos. Recordá las luces, las manos tibias y como todo tenía sentido cuando ella estaba cerca, todo parecía mágico. En realidad lo era, pero como todo tuvo que terminar porque así es la vida. Tenemos varios ciclos que vivir y tu necesitabas enfrentar la soledad para poder avanzar y ver lo que hay más adelante. Estás preparado, seguí adelante —y al terminar de decir eso desapareció.

     Te quedaste parado en el mismo lugar pensando, recordando a aquella mujer a la que habías amado y como se había ido tan inesperadamente. Recordaste su sonrisa, sus besos. Recordaste besarla bajo la lluvia y las estrellas. Cerraste los ojos y casi pudiste oír su voz entonando aquella canción que se habían dedicado varias veces. Pero eso estaba muy lejano y tenías que continuar. Sabías que faltaba poco.

     La pradera se extendía hasta los pies de una montaña que tenía un sendero que seguía hasta su cima. Al principio del camino había un letrero que decía "La cima del mundo". 

     Luego de un rato andando por el sendero diste contra un lago pequeño que estaba en una especie de falda de la montaña. Te acercaste y viste tu reflejo, tu cabello estaba gris y tus ojos cansados, demasiado dirías. Tu cara tenía unas cuantas arrugas y tu barba que apenas estaba naciendo tenía el mismo tono platinado que tu cabellera. Te preguntaste cuando habrías envejecido tanto sin que te dieras cuenta, sentías que tu vida había pasado demasiado rápido como si fuese arena que se te escapaba de los dedos. 

     Llegaste a la cima luego de un par de horas, no era una montaña muy alta. Estabas tan solo y había tanto silencio, te sentiste en paz. Observaste el vasto paisaje que se te era ofrecido desde aquella altura. Todo era tan hermoso, y tenía tanto orden. Comprendiste la belleza que hay en esas pequeñeces, como un paisaje majestuoso, una sonrisa o un abrazo. Te sentías un poco raro, parecía como si todos tus pensamientos acumulados a lo largo de tu vida estuvieran siendo procesados otra vez por tu mente. Sentías que algo estaba por ocurrir.

     Te tiraste al suelo y miraste al cielo una vez más, viste algo que se aproximaba, parecía tener alas. Sonreíste, eras libre.

lunes, agosto 5

Historias: Orquídeas



—Mañana me caso —dijo Patricio con los ojos en lágrimas. —Mañana me caso y en vez de estar en casa preparándome para el gran día, estoy acá, hablándote. No debería decírtelo pero ya lo sabés, me encantaría que fueses vos la que me estuviera esperando en el altar. No es que no la ame a Fernanda, es que sencillamente no me pude olvidar de vos, de eso que vivimos juntos. Fer fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida, es maravillosa y agradezco cada día que paso a su lado. Casi puedo afirmar que ella me salvó la vida. Ella apareció justo cuando pensaba que todo estaba perdido. Pero lo que teníamos vos Sofía, era algo que difícilmente vuelva a pasar.


»En casa las cosas están mejor. Las peleas con papá no son tan seguidas y hasta a veces hablamos. Tenías razón cuando me decías que tenía que tratar de entender su punto de vista y no cerrarme en mis ideas. Creo que tenías razón en muchas cosas que me pasaban. Fue injusto que me diera cuenta de todo eso cuando vos ya no estabas —se puso a mirar el cielo, que estaba despejado esa noche.

»Muchas veces tuve ganas de seguirte, de ir hasta donde estabas. Luego me di cuenta de que el mundo no funciona así. A pesar de todo el dolor que sentía, no podía dejarlo todo, tenía que ser fuerte y saber que la tormenta iba a pasar tarde o temprano. Y pasó, la tormenta pasó, pero nunca pude olvidarte del todo. Nunca dejé de extrañarte en realidad. Siempre que cerraba los ojos te veía ahí, sonriéndome, como en los viejos tiempos.

»Cuando venía para acá me puse a pensar en el día en el que nos conocimos. Fue algo tan raro, tan casual y a la vez tan mágico. Recuerdo que estaba parado por entrar a una clase en la facultad y apareciste preguntando si sabía donde quedaba el salón de actos, dado que ahí ibas a tener una charla sobre tu carrera. Yo era nuevo y no estaba seguro de en donde quedaba pero te ofrecí ayuda para encontrarlo. Nunca llegaste a esa charla, terminamos tomando un helado mirando el lago que está en el parque, aquel que tanto te gustaba. Luego sabemos como todo terminó, éramos el uno para el otro. Es como si en ese mismo instante en el cual nos miramos a los ojos por primera vez hubiésemos sabido que andábamos buscándonos de toda la vida. Si tan solo pudiera volver a vivir ese día una vez más, no sabés lo feliz que sería.

»Me acuerdo de tus ojos verdes, y tu cabello dorado. Eras como un ángel, de cierta manera siempre lo fuiste. Me acuerdo de tu manera de caminar, un poco torpe, parecía que te ibas a desarmar y sin embargo terminaste siendo una de las mujeres más fuertes que conocí. Siempre decidida a luchar por tus sueños, y por los míos también y en su momento por los nuestros. Me acuerdo de tu acento extraño, porque no eras de este lugar, venías de muy lejos y aún conservabas esa tonalidad tan dulce. Más de una vez te quedé mirando mientras me preguntaba como hacías para ser tan perfecta, tan perfecta para mí.

»Siento que soy injusto al decir esto, pues mañana voy a jurarle amor eterno a otra mujer. Es que necesitaba desahogarme, hay tantas cosas dando vueltas en mi cabeza.


»Es tan difícil todo... —suspiró.

»A Fernanda la amo, ya te lo dije. Me hace muy feliz y se que la hago feliz a ella. Fue quien me devolvió la sonrisa cuando creía que ya nada me iba a hacer querer vivir de nuevo. Hace seis años que estamos juntos y pasó todo tan rápido. Me acuerdo de cuando te conté que la conocí, estaba muy nervioso ese día. Era como si luego de tanto sufrimiento al fin pudiera volver a ser feliz, todo volvía a valer la pena. Se que si la conocieras te caería bien, supongo que ya lo hacés también.


»En fin, creo que debería volver. No se si habrán notado mi ausencia y además debo descansar para mañana. Gracias por escucharme Sofi —dijo mientras las lágrimas comenzaban a brotar cada vez más de sus ojos. —Te traje algo —se levantó de donde estaba sentado, se acercó a la lápida y dejó una docena de orquídeas.

»Son tus favoritas, se que te van a encantar. Voy a venir a verte pronto para contarte como salió todo, aunque se que estés donde estés, siempre me estás observando y cuidando. Sos mi ángel, siempre rezo por vos. Te amo, te amo.

viernes, abril 12

Historias: La cima del mundo (de nuestro mundo)

-¿Qué pasa?
-Nada, me gusta verte reír. Hace mucho que no lo hago.
-Hacía mucho que no te veía.
-Pero.. ¿Ya no reías entonces?
-Para ser sincero, al principio no. Pero luego aprendí a sonreír otra vez.
-Me gusta tu sonrisa, parecés feliz.
-Lo soy.
-Está bien. ¿Me abrazás?
-Eso no se pide. Pero sabés que me gusta abrazarte.
-Y a mi me encanta que me abreces. Mejor dicho, me encantaba. 
-Lo se, me lo decías siempre.
-¿Qué nos pasó?
-¿A qué te referís?
-No se. Abrazarte se siente tan bien. ¿Por qué dejé de pedírtelo?
-Yo también dejé de hacerlo.
-Si...
-Igual eso ya no importa. Pasó tanto tiempo...
-¿Te acordás de este lugar?
-Claro que si. Fue donde vinimos a hablar por primera vez. Se ve toda la ciudad.
-Exacto. A pesar de todos los lugares a los que fui. De todos los países que visité. Este sigue siendo el lugar más especial del mundo. Pero no se si es el lugar, o es lo que significa.
-Cierto que le diste la vuelta al mundo. Ese viaje lo íbamos a hacer juntos.
-Las cosas no siempre salen como uno las planea. Es lo que me enseñó la vida.
-Aún nos queda mucho por aprender.
-Si. Aún somos unos niños. Y lo éramos aún más en aquel entonces. No supimos manejar tantas cosas.
-Nunca tuvimos ese equilibrio que tanto anhelábamos.
-Al fin coincidimos en algo.
-Que hermosa te ves. Te están saliendo arrugas en los ojos y aún así te ves tan hermosa como siempre.
-Y canas, no te olvides de que también me están saliendo canas.
-Si, tus canas. Siempre fueron tu trauma.
-Ves, estás sonriendo de nuevo.
-Si, y vos llorando.
-Te extrañé.
-Yo también.

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