Cualquier semejanza con la realidad puede que no sea mera coincidencia

Ahora en Medium

martes, junio 16

Muchachita extranjera

Muchachita de afuera,
sos casi una extranjera
con tus palabras raras
y tu peculiar manera.
Me pregunto a donde irás tan arreglada
y si hay alguien que te espera.

Pequeña de tierras lejanas,
hermosa a tu manera.
¿Sabías en el fondo todo lo que me generas?

Ojos grandes y brillantes,
cabello oscuro y muy largo.
Todo suena a cliché pero
me sacaste de mi letargo.

Me gusta como caminas,
me gusta como bailas,
me gusta como miras.
¿Te gustará a tí mi mirada?

Muchachita risueña
me enredo en mis palabras.
Hay un largo camino que lleva tu casa.
Si algún día decido partir,
me esperarás tan arreglada?

lunes, junio 15

Había una vez amor

Había una vez amor 
y lo matamos, lo maté.

Había una vez una pareja bajo el Sol
y se los llevó la tormenta.

Había una vez un pájaro
y decidió no volar más.

Había una vez consuelo
y le ganó la angustia.

Había una vez miradas
pero nos volvimos ciegos.

Había una vez abrazos
pero ya no significaban nada.

Había una vez pasión
pero apareció el frío.

Había una vez risas
y se volvieron llantos. 

Había una vez confianza
pero nos enmudecimos.

Había una vez cariño
y se convirtió en odio.

Había una vez un sueño
y desperté.

Había una vez amor
pero ya no hay más.

viernes, junio 5

Historias: La muerte, la ambulancia y el frío - Parte I

     Todavía recuerdo el día en el cual la vida se nos fue de las manos, no es que nunca hubiésemos presenciado una muerte, pero era la primera vez que sucedía bajo nuestra responsabilidad.

     Fue durante nuestra primer semana en la residencia de cirugía, nos tocaba en el hospital más grande de la ciudad, era un sueño hecho realidad. 

     Ella, Lucía, había sido mi compañera durante casi todo el internado y fue una especie de suerte terminar juntos en la residencia. Recuerdo sus ojos verdes, grandes y brillantes mirándome en la sala de operaciones, era como si me hablara con su mirada, yo la entendía y ella me entendía a mí. Pocas veces podíamos entrar juntos a las cirugías, pero cuando sucedía, todo parecía más fácil, todo pasaba con cierta naturalidad.

     Ese día en especial, tuvimos a una paciente que había ingresado por lo que parecía ser un cuadro estomacal con vómitos. Sin embargo, al consultar con el médico de guardia pudimos constatar que esa mujer estaba teniendo un infarto y necesitaba una cirugía urgente. 

     Fue en el instante en el que el cirujano, al que estábamos asistiendo, constató que había una ruptura en una pared ventricular cuando sentimos que la arena se nos escapaba entre los dedos. A pesar de todos los esfuerzos que hicimos no pudimos salvarla. El sonido del monitor, largo, incesante, eterno, retumbaba en nuestros tímpanos y luego de apagarlo y declarar la muerte, el silencio se adueñó del quirófano, nadie se atrevió a decir nada más. Me miré las manos, mis guantes blancos estaban empapados en sangre, parte de mi ropa también estaba cubierta por ese líquido escarlata. A un costado la paciente que hacía unos minutos estaba sentada, hablando, en la puerta de emergencia, yacía inerte, inexpresiva y pálida. Sentí un enorme vacío por dentro, era la primera vez que se moría alguien en una cirugía a la cual estaba asistiendo. Lucía me miró con sus ojos, ahora llorosos, y supe que no estaba bien. A pesar de tener la mitad de su rostro cubierta por el tapabocas, sabía que estaba haciendo esa mueca que siempre pone cuando siente dolor.

     Era invierno y a pesar del frío congelante, nos encontrábamos los dos parados contra una ambulancia estacionada en el patio del hospital. Estábamos sin abrigo, solo usando nuestros uniformes color azul oscuro y la túnica blanca por encima. Su cabello largo, muy largo y negro como el carbón se movía suavemente con el viento, su rostro era inexpresivo y solo miraba al piso. Ninguno decía una palabra, sentíamos que podríamos haber hecho más, pero la realidad era distinta. No se si a todo el mundo le pesa así esa primer muerte, pero para nosotros eso era una especie de funeral. 

—¿No sentís frío? —dije, tratando de cortar el silencio.

—No, estoy bien —respondió Lucía, sin mirarme.

     La volví a mirar y sentí que tenía que decirle algo más, no soportaba verla así. Ella me importaba mucho, era una gran amiga, éramos un equipo y tenía que hacerla sentir mejor.

—Lo que pasó hace un rato... Digo, hicimos todo lo que pudimos, no te sientas culpable —le dije.

—Si, lo se. Pero... ¿Por qué se siente tan feo? —dijo con la voz temblorosa.

—No lo se, creo que es porque es la primera vez que se nos muere alguien.


     Lucía había comenzado a llorar, me sentí un poco torpe porque no sabía exactamente que hacer. Estiré mi brazo y lo pase por su espalda, tratando de calmarla. Ella se me acercó y apretó su cara contra mi pecho, llorando cada vez más fuerte. Comencé a acariciarle la cabeza y el pelo, tratando de calmarla. Levantó su cabeza, era un poco más baja que yo, y me miró a los ojos, estaba muy cerca de mi cara. Nos quedamos mirando por unos segundos que parecieron minutos. Sus ojos grandes y verdes estaban ahora más cerca que nunca, podía sentir su respiración haciéndose más fuerte. De un instante a otro nuestros labios se juntaron, sin previo aviso. Nos estábamos besando, allí, contra una ambulancia en el patio del hospital, en una fría noche de julio. Sentía sus labios tibios y su rostro húmedo por las lágrimas. Acariciaba su pelo con una mano y con la otra la agarraba de la cintura. Era como si ese beso hubiese estado guardado durante mucho tiempo, esperando la oportunidad de salir. Luego de tantas noches juntos, de tantos momentos tensos en aquel internado que parecía interminable, luego de discusiones, peleas y acercamientos, y de finalmente compartir esa felicidad absoluta e indescriptible el día que nos recibimos de médicos, estábamos cruzando la línea que separa una simple amistad de algo más. No se exactamente cuanto tiempo estuvimos así. Nos quedamos mirando otro rato más y ella ya no lloraba, me miraba seria, como si quisiera decir algo. Ninguno habló, ella titubeó pero fuimos interrumpidos por el sonido de las sirenas de otra ambulancia que estaba ingresando. Nos fuimos corriendo hasta la entrada de emergencias a esperarla.  

sábado, mayo 23

Historias: La terapia

     Estabas sentado en aquel sofá negro, de cuero, cuyas dimensiones eran muy grandes para tu gusto, a pesar de su comodidad no te gustaba que te hiciera sentir tan pequeño. Te sentías como un niño o como si te hubiesen encogido al mejor estilo de las películas de ficción de los años ochenta. Mirabas al techo fijamente, distraído en tu propio mundo como siempre, imaginando que las líneas eran calles de alguna ciudad desconocida y que los autos iban y venían sin parar, porque te gustan los autos y las calles y desde niño fantaseabas con construir carreteras y puentes.  

—¿Vas a decir algo? Mi tarifa es por hora y sabés bien que no es de las más baratas —te dijo una voz femenina desde el otro lado de la sala.

     La miraste y era como ver un ángel, tu psicóloga era una mujer hermosa, tendría alrededor de treinta años de edad. Lo que más te gustaba de ella eran sus ojos color verde tirando a gris, que hacían juego con su larga cabellera rubia, cien por ciento natural según ella. Vestía totalmente de blanco ese día y tomaba apuntes con gran velocidad en su cuadernola a pesar de que tú no dijeras una sola palabra. Te analizaba todo el tiempo y eso te daba un poco de miedo.

—Bueno, eso lo sé, con la misma plata me hago una fiesta en el prostíbulo de la esquina —dijiste irónicamente.
—Sí, pero dudo que allá arreglen tus problemas existenciales —te dijo con una expresión seria en su cara.
—Te ponés tan linda cuando te enojás.
—A ver, Javier, dejemos el cinismo de lado. No estamos haciendo muchos avances, necesito que me digas más de vos.
—¿Qué te gustaría saber?
—Comencemos con algo sencillo. ¿Qué hiciste el fin de semana?
—Fui a un bar.
—¿Podrías ser algo más específico? —preguntó mientras iba tomando notas a una velocidad alarmante.
—Bueno, no se, estaba en casa aburrido y salí. Me sentía solo y quería distraerme un rato. Fui hasta el bar de la esquina de casa y empecé a tomar whisky con hielo. 

     En ese momento empezaste a recordar aquella noche. Te encontrabas sentado contra la barra. Juan, el cantinero, te servía tu sexta dosis de escocés. Ya empezabas a sentirte mareado y tenías un poco de sueño. A partir de ese momento ya no recordaste nada, despertaste al otro día en la playa, con los primeros rayos de Sol. Estabas golpeado y te dolía todo, vomitaste y comenzaste a caminar de vuelta a tu casa.

***

—¿Entonces no recordás nada más? —te preguntó la psicóloga al terminar de contarle lo que había sucedido.
—No, pero al otro día volví al bar y Juan me contó que había peleado con otro tipo, al parecer quise levantarme a su novia.
—¿Y qué pensás al respecto?
—No sé, ni siquiera me acuerdo si era linda o no. 
—¿Volviste a tomar al día siguiente? —preguntó.
—Si, pero no peleé con nadie ese día.
—Entiendo... ¿Cuánto hace que frecuentas ese bar?
—No sé, unos cuatro o cinco meses, casi a diario —respondiste mirando al techo, otra vez volvías a imaginar una ciudad sobre tu cabeza.
—¿Cuánto hace qué te dejó tu novia?
—Unos cuatro o cinco meses, no me acuerdo. ¿Estás diciendo que empecé a tomar por su culpa?
—No, pero empiezo a ver cierto patrón. ¿No te parece?
—Yo no tengo un problema con el alcohol.
—Nadie dijo eso —comentó mientras te miraba a los ojos.

     Comenzaste a pensar en lo que había sido tu vida últimamente. Carla te había dejado de un momento a otro, habías perdido todo en la facultad y ya no podías cursar nada, tu sueño de construir puentes y carreteras se hacía cada vez más lejano. En el trabajo te habían sancionado por llegar tarde y ya no recordabas la última vez que habías visto a algo que se acercara a un amigo. Estabas completamente solo, tu vida se resumía en aquel maldito bar, con su maldito whisky que tanto te gustaba y las prostitutas baratas que siempre te encontrabas por ahí. 

—Creo que me gusta cometer errores —le dijiste a la terapeuta.
—¿Y por qué eso?
—No sé, siempre cometí errores. A veces pienso que mi vida es un gran error. No creo que exista la felicidad, es como si esto fuese un juego macabro donde tenés que sobrevivir.
—Aun así usas el cinismo y el humor para esconderte. ¿Qué pasa?
—Me duele, todo el tiempo —dijiste mientras pensabas en tu ex novia.
—¿Qué te duele? 
—Todo, las piernas, la espalda, la cabeza, el pecho. Y a la vez siento un vacío inmenso que no logro llenar nunca. Y estoy convencido de que nunca lo haré, eso que todos buscan, eso que todos dicen que es la felicidad no existe. La vida es una condena, desde que nacemos estamos esperando a la muerte, tratando de pensar cuando decidirá venir a buscarnos y nos refugiamos en cosas banales para distraernos de ese pensamiento. Pero en el fondo estamos condenados desde un principio. ¿Amor? ¿Dinero? Esas cosas tienen fecha de vencimiento y cuando se terminan nos damos cuenta que todo es una ilusión.

     Tu psicóloga te miró fijo por unos momentos y dejó de tomar notas. Esbozó una leve sonrisa en su rostro.

—Bueno, al fin hacemos progresos —dijo.
—¿A qué te referís?
—A que te estás desahogando, eso es bueno —respondió con suavidad.
—Pero no me siento aliviado. Aún siento dolor y sigo pensando que todo esto es un error. Solo me resta sobrevivir, seguir fingiendo que soy parte de esta farsa llamada sociedad.
—¿Por qué no tenés amigos? —preguntó.
—Porque no existen, porque todo el mundo finge y nadie se muestra tal cual es. Todo el mundo miente.
—No es la primera vez que escucho esa frase. También te puedo decir que vos no permitís que se acerquen, noto que alejás a la gente.
—¿Por qué querría compartir la miseria con alguien? Soy una máquina de cometer errores, no quiero compartirlos con nadie.
—Entonces te importa la gente...
—¡No! ¡Solo me importo yo! Soy egoísta, manipulador, uso todo lo que está a mi alcance para seguir sobreviviendo. Por eso ella me dejó, por eso perdí todo lo que tenía—la interrumpiste. Estabas comenzando a alterarte.
—Pero no estás sobreviviendo —te dijo, de nuevo con un tono muy suave.
—¿Qué decís? No entiendo porque vine —dijiste con enojo.
—Estás acá porque no estás sobreviviendo.
—¿Cómo que no estoy sobreviviendo?
—Javier, date cuenta, no estás sobreviviendo —volvió a decir.
—No te entiendo.
—Mirá a tu alrededor —dijo mientras giraba su cabeza de un lado a otro.

     Miraste hacia los costados y notaste que los muebles te eran familiares. No estabas en un consultorio, estabas sentado en el living de tu casa. Volviste a mirar hacia donde estaba la psicóloga y la silla estaba vacía.
     

     Te pusiste de pie y caminaste hacia el armario, abriste una botella de escocés y te serviste. Mientras lo hacías miraste hacia el espejo que estaba del otro lado de la habitación. Tu nariz estaba sangrando, te limpiaste y comenzaste a beber.

miércoles, mayo 13

Poema: Flaca

Flaca coqueta, el pelo se peina.
Camisa a cuadros, sonríe a mi lado
pero ya no está.

Flaca bonita y amarga,
de lejos me llama y me llama.
Pero yo la ignoro con ganas
porque se que ya no me amará.

Flaca y loca, se arropa,
me mira y dice que sin mí
su mundo no girará.
Y yo le creo a la flaca porque
esa sonrisa me atrapa
y dice que se la cause yo.

Flaca risueña se aleja.
Otra vez me despierto y busco a la flaca,
la pesadilla ya pasará.
Y yo la sigo esperando
pero la ignoro con ganas porque se
que ya no me amará.

miércoles, febrero 4

Tú, café

El café que bebo es amargo como tu recuerdo,
es caliente como tus besos, y tiene aroma a tu olvido,
algo de lo que siempre me acuerdo.

El café que bebo tiene la textura de tus lágrimas,
es oscuro como tus ojos, y fuerte como tu deseo.
Ese deseo de irte, y ahora estás tan lejos.

El café que bebo es rutinario como supiste serlo,
es aburrido como tus cuentos, y a veces no lo quiero.
Sin embargo día a día lo bebo.

Este café que bebo contradice todo lo que pienso,
es un café desechable, que no debería quererlo.
Pero aún así, aquí me encuentro, este es por ti, te lo debo.

lunes, febrero 2

Insanidad: Razones

¿Será porque fingí mi muerte, que ahora volvés a mi mente, después de haber estado tan ausente y no estás presente, pero estás acá?

¿Será porque dije que sería fuerte, que las señales son cada vez más recurrentes, que veo mensajes en todos los ambientes y no estás presente, pero estás acá?

¿Será porque soy un demente, que escribo las mismas cosas reiteradamente, esperando que las lea tu consciente, mientras te espero bebiendo whisky caliente y no estás presente, pero estás acá?

¿Y si fueses un sueño? 
¿Y si fuese junio?
¿Y si fuese diciembre el año entero? 
¿Saldría yo de este agujero donde me encerraron a buscar la llave que abra la puerta en donde se esconde aquel monstruo enorme que tiene tu nombre y amenaza con llevarse todo como si fuese febrero y no estás presente, pero estás acá? 

¿Sabría yo qué hacer entonces? 
¿Debería ser consciente que nada tiene sentido porque te creíste mi muerte, después de haber querido estar presente y yo estaba ausente, pero estoy acá?

¿Será todo verdad?

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